Retrospectiva: Guillermo Sheridan “dio (musicalmente) las nalgas”
Héctor Palacio
Aclaro que la entrecomillada expresión del título no es mía (aunque sí el paréntesis), no forma parte de mi vocabulario regular. La expresó, espontáneo, un amigo músico egresado de una importante universidad canadiense con maestría en composición y cualidades literarias nada despreciables cuando le llamé desde su ciudad, la de México, en relación a un texto de Guillermo Sheridan. Subrayo, además, que la frase fue reiterada en su significado por otros habitantes músicos formales del valle de México al ser consultados sobre el tema, lo cual le confiere, digámoslo en broma si se quiere, cierta legitimidad cultural (y como se dice, “me reservo las fuentes”).
Hay intelectuales, a veces seudo, que parasitarios medran a costillas de las “vacas sagradas” vivas o muertas de la literatura mexicana; hablan de ellos, leen sus cartas, cuentan anécdotas, chistes, son expertos en detalles. Están en su derecho y su elección. Una de esas vacas es Octavio Paz. Otra, Carlos Fuentes. Los parásitos han transitado desde una posición de cargadores de libros a la de críticos y comentaristas de la obra de la vaca de que se trate.
No afirmaré que el esforzado Guillermo Sheridan sea un parásito. De hecho, su ensayo sobre los poetas Contemporáneos es destacable, lo mismo que su labor como colector de artículos de Jorge Ibargüengoitia.
En un texto titulado “Nueva música con Octavio Paz” (El Universal, 24 de abril de 2012; la campaña electoral aisló muchos temas, como el aniversario luctuoso de Paz, al cual se refiere el autor), Sheridan hace apología del “genial” y “guapo” compositor norteamericano Eric Withacre por el mero hecho de haber puesto en música para “coro virtual” el poema de Paz “Agua nocturna” (de Semillas para un himno en Libertad bajo palabra). Hasta allí no pareciera haber anomalía alguna. Pero una vez que se escucha la referida música, una franca duda asalta, pues el agitado elogio se cae ante el resultado auditivo y visual.
Antes de entrar a la música, Sheridan, emocionado, suspicaz, con el rabillo del ojo, construye, imagina un casi romance entre el “genial y guapo” y la “adorable” chica supuesta generadora de la idea del coro virtual que, luego de una convocatoria por internet para recibir videos interpretando la composición de Withacre -cual hiciera originalmente la chica con otra pieza-, llevaría “música hermosa” a “millones de personas”. El mérito del director de coros fue ensamblar, junto con su equipo técnico, 3,746 videos provenientes de 73 países en un fragmento musical de no más de cinco minutos.
– ¿Ya viste el video?, pregunto a mi amigo.
– Sí, ya.
– Mira, no he querido anticiparte mi comentario porque quiero saber lo que piensas al respecto.
– Sí, claro. Mira, es muy común en México, tal vez también en otros países, que los escritores carezcan de una buena cultura musical. Sobre todo a nivel, digamos, serio. Gentes de cultura que pueden tener conocimientos enciclopédicos sobre los más variados temas, resulta que en cuestiones musicales son casi analfabetos funcionales. O de plano tienen oídos de niño artillero.
– ¿Así te parece Sheridan en su texto?
– Sí. Sheridan hace gala de ingenuidad musical al valorar ese video de manera tan elogiosa y emotiva. Una música cursi y un director igual, con apariencia de Barry Manilow y desplantes de baladista trasnochado.
– De acuerdo, además, evidentemente, el tipo está actuando para la cámara. Lo que menos le importa es la música. Por otro lado, increíble, ¡no hay nada que dirigir!, pues la música ya ha sido grabada y se han ensamblado las imágenes, solo hay que hacer clic. O sea que ¡está dirigiendo un video! Un video que se concentra en él y los cuidados y sutiles movimientos de cabellera y manos. Vaya egolatría, ¿no? Imagen patética que supera por mucho la escena del niño que hace sonar un disco y lo dirige; la acción infantil al menos tiene algo de veracidad, espontaneidad, intimidad, aun gracia.
– Bueno, sí. Además, se trata de música fácil, ese es el punto. De referencias más que obvias, pastiche amelcochado que tanto fascina a cierta capa social acostumbrada a André Rieu o cualquier otra manifestación con apariencia de pastel de quince años.
– Hay muchos ejemplos hoy, sobre todo a nivel de interpretación, como Yanni, Filippa Giordano, Il Divo, Sarah Brightman, Andrea Bocelli, el viejo Richard Clayderman y hasta un argentino llamado Raúl di Blasio o algo así. Todos ellos parecen cuadrar con el gusto de Sheridan.
– Sí. Extraña contradicción ver a un personaje que es capaz de valorar una gran obra literaria pero que cuando escucha una música tan edulcorada y simplona se conmueve como colegiala. Aquí Guillermo Sheridan dio las nalgas.
– ¿Cómo dijiste? ¿Que dio las nalgas? ¡Ja, ja, ja!
– Sí, eso es. Dárselas de muy intelectual e incluso aún tener méritos como tal y gustar de música tan ramplona. Eso es dar las nalgas, musicalmente hablando.
– ¡Ja, ja, ja!, muy cierto. Pero a él le ha parecido, te repito sus frases, “música hermosa”, “deliciosa masa sonora” y parafraseando el mismo poema de Paz escribe que al escuchar la inspiración del “genial” Whitacre, ha sentido que una música dulce y silenciosa le inunda por dentro.
– ¡Ja, ja, ja! ¡No mames! Si no es más que música para conmover al ingenuo auditivo. Música de un postmodernismo rancio y empalagoso; trasnochado. Insisto, música para conmover a una colegiala.
– Pues como a Britlin Losee, la chica “adorable” y enamorada que inspiró al autor de semejante producto, ¿no? Yo creo que con esto basta. Coincido plenamente contigo. Esta música no resiste el menor análisis teórico; ni siquiera vale la pena perder el tiempo en ello. Desde que leí el texto de Sheridan y vi/escuché la referencia, música e interpretación para bobos, deploré su apologética opinión y decidí enviarte la información de inmediato y llamarte.
Natural, como se dice, en gustos se rompen géneros. Pero no deja de causar cierta pena que un personaje que tan alto se precia a sí mismo, tan arrogante como Sheridan, exhiba sus carencias de la manera en que lo ha hecho. Quizá en su ambición absolutista de abarcar todo aquello que refiera a Octavio Paz (quien sí tenía gustos y opiniones musicales mejores; Silvestre Revueltas, Carlos Chávez, Anton Webern…), ha pagado el precio de ser especialista en vacas sagradas en un texto como el que aquí hemos referido y durante cuya lectura apenas puede contenerse la risotada. Y como ya registré en alguna ocasión, aquí Sheridan vuelve a hacer un Homero (un Homero Simpson, triunfar a pesar de la torpeza y la estupidez), pues nos ha hecho reír a carcajadas (uno de sus propósitos vitales), y mucho.
Septiembre 28. 2012; SDPnoticias.
Texto compilado en el libro De Caruso a Juan Gabriel. Una mirada de la cultura en México. UJAT/Laberinto Ediciones, 2019.
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martes, 3 de marzo de 2020
jueves, 27 de febrero de 2020
martes, 8 de octubre de 2019
El talento burocratizado de Pelé contra el arte del Pelusa o del instante que los distancia
El talento
burocratizado de Pelé contra el arte del Pelusa o del instante que los
distancia
A Alicia B. Sayas Halbritter
Por Héctor
Palacio
Si se ha de hablar por primera y última vez sobre el futbol,
ha de ser sobre su asunto más notable, el único en realidad trascendente
durante las recientes décadas (dejando de lado, por supuesto, el tema de su
función de “opio de los pueblos”). A saber, la cuestión de fondo: ¿quién es el
mejor jugador de todos los tiempos, Pelé o Pelusa? Por muy elusivo que sea,
cualquier otro tema carece de importancia si no se resuelve antes el primero.
Antes que nada, tres premisas. 1) El futbol es un deporte que hoy día tiene
dimensiones de gran espectáculo. Se desarrolla en un escenario. De allí que los
involucrados en la cancha sean una suerte de actores. Como tal hay que juzgar su
desempeño entonces. 2) Al hablar de profesionales de una especialidad, y en
particular de los considerados por un público mayoritario como los mejores de
la misma, el asunto va más allá de la estadística y se ubica en el terreno de
la subjetividad, el criterio personal, el gusto, la estética. 3) En el teatro
como en la cancha, lo que importa es el actor en escena, no su vida privada.
Históricamente, Pelé es anterior a Maradona aunque sólo separados por una
generación. Uno nace en 1940 el otro en 1960. Ambos alcanzan la gloria y el
mayor de los éxitos en una Copa Mundial. Curioso, uno y otro, en México. Edson
Arantes do Nascimento, Pelé, que realiza su momento cumbre en 1970, se retira
en 1977. Diego Armando Maradona, Pelusa, que lo materializa en 1986, se despide
en 1997. Las estadísticas son generosas para ambos y señalan campeonatos y
productos en sus respectivos equipos tanto particulares como nacionales. En
este punto ambos tienen fama similar. ¿Dónde subyace la polémica entonces, e
impulsada por quién?
Consagrado como “El Rey” en 1970, nadie imaginó, ya vistas
sus virtudes, sus méritos, sus grandezas, que surgiera alguien más a su altura
o que incluso pudiera rebasarlo. Se difundió la imagen de Pelé como el mejor
jugador del mundo, participó en una película de Paramount (Victory, John Huston, 1981; junto a Max von Sydow, Michael Caine y
Silvester Stallone), se le galardonó en los organismos internacionales
(iniciando así un especie de burocratización de Edson Arantes), y lo contrató
el Cosmos de Nueva York con el fin de promover el juego, raquítico en los
Estados Unidos. Apareció en televisión internacional. Hizo comerciales, se
volvió una industria lucrativa. Pero un día repentino irrumpió la amenaza a su
trono, a su condición de mejor, de único: Diego Armando Maradona, Pelusa, quien
alcanzaría logros estadísticos también trascendentes. De allí que, sobre
cualquier inventario, todo se reduce a una cuestión exegética tanto de la
estética del juego como del desempeño del papel de mejor jugador en el escenario.
A Pelé se le elogió por su juego cadencioso, su driblar acompasado, su
contundencia frente al arco, en fin, se dijo que jugaba como bailando; quizá
samba. Hay películas que muestran su juego atractivo, aunque, en realidad,
también relajado, sin la presión de los marcadores que más bien, en su época,
lo dejaban jugar a placer. No existía todavía un rigorista marcaje personal.
Edson Arantes do Nascimento, Pelé: un extraordinario futbolista que juega con
el balón, que baila armonioso con la pelota; y así llega a la portería o recibe
el pase para marcar a gol. Estupendo. Magnífico. Excelente. El Rey.
Diego
Armando Maradona, Pelusa: La mano de dios, dios mismo, el igual a dios, lo han llamado
sus seguidores. Pelusa no juega con la pelota, tampoco baila con ella: Él mismo
es el balón, lo lleva integrado al cuerpo corto y cilíndrico. Ni siquiera
piensa que conduce un balón, se trata de un viaje imbricado hacia adelante,
hacia la meta: El gol. Una cuestión vital. Cuando Maradona elude a cien antes
de marcar a los ingleses en 1986, pelota y hombre son uno mismo. No hay
diferencia. Un solo pulso. El balón va adherido al pie; una extensión, una
segunda naturaleza. Allí ha estado siempre, desde que Pelusa adolescente
mostrara el talento. No tiene, pues, que bailar o jugar. La vehemencia por la
red es la persuasión mayor y hacia allá avanza imbatible, irrefrenable, la
unidad (si acaso la inteligencia desea en un momento de reparo hacer un giro y,
hábil o generoso, desprenderse de sí y enviar un trazo o un disparo, parte del
cuerpo, del espíritu, cruza también con la circunferencia) entra en una
comunión catártica con el público que contiene el aliento, lo suspende en el
tiempo, que progresa en crecimiento, que arrebata, que se agiganta, que se
acerca a lo inexpresable, a lo complejo y simple del arte: El dolor y la
alegría: Estallan al fin público y materia ejecutora del instante, en el soplo
mismo en que se ha creado el mayor aliento del futbol: El vaciado espíritu de
Maradona, la voluntad, el restallido del gol del Pelusa. Si acaso hubo muchos
instantes como ese con Boca, Barcelona o, sobre todo en 1990, con el Nápoles,
es 1986, Ciudad de México, la cumbre, la antonomasia del futbol, la energía de
Maradona que se convierte así en su propio dios (lo cual confirma que no hay
dios, porque cada cual puede ser, si lo desea, un dios; como el asombroso caso
de Lebiadkin en Los demonios, de
Dostoievski). Se crea en ese instante una pieza maestra. Una obra de arte. Obra
de arte equivalente en su euforia del instante, por decir un ejemplo, al baile
salvaje de Carmen Amaya en Los Tarantos.
Diego Maradona se supera a sí mismo en ese instante (deja detrás y por debajo
lo antes hecho y lo hace en las circunstancias más propicias para la gloria
deportiva). Atisba la transgresión del tiempo. Un instante se hace superbo y su
naturaleza etérea se cristaliza en el correr de una película para la
posteridad, hasta que dure. Sobre todo, el instante anida en la noción social.
Independiente del género y el campo de competencia (como en una reintegración
del arte primigenio), el instante es susceptible de transformarse y aun de
condensarse, sustanciarse, en un algo más allá de la fugacidad del tiempo y
construirse en arte. Ante este fenómeno estamos con Maradona en el futbol en
1986, al menos. El gol del siglo. El instante transfigurado, más allá de
aplaudidores y detractores, en arte.
Para 1986 está ya planteada la cuestión de
fondo: ¿Quién es el mejor? Pelé se ha incorporado a la burocracia de la FIFA.
Participa en eventos altruistas. Antes de cada mundial se exhibe como
comentarista estelar o en mini cápsulas televisivas haciendo supuestos análisis
de los respectivos países que lo contratan. En realidad, haciendo millones. En
México aparece una y otra vez con cansino rostro diciendo generalidades cuando
el público ávido espera que elogie a Hugo Sánchez o Jorge Campos o al jugador
del momento. Él es parco, casi mezquino (¿o realista?) y no los complace. Sólo
hace asomos mencionando aquí y allá algún nombre. A punto del retiro, Maradona
entra en una vorágine de tumbos. Los problemas personales y adicciones le
agobian. Y de allí parten los detractores para tratar de degradarlo como
jugador. Dirán que frente a la vida ejemplar de Pelé (presumiendo que haya una
y que la de “El Rey” haya sido intachable), sucede en paralelo el desastre de
Maradona. La moralina hipócrita del público, pero aún más, de los críticos, los
comentaristas y los burócratas internacionales del futbol, entra en juego.
Contraponiendo el supuesto virtuoso comportamiento de Pelé en la vida pública y
privada contra la degradación física y moral de Pelusa, ante sus ojos, el
primero es mejor que el segundo. Falsa presunción de acuerdo a las premisas
planteadas al inicio de este texto. Alguien analiza a posteriori 1986: “Gol sensacional.
Un momento dorado en una vida que ha girado entre el triunfo y la desgracia”.
Por supuesto que los ingleses tratan de denigrarlo por el gol hecho en su
contra con la mano. Pero no estamos en el terreno de la política sino en el del
espectáculo (la FIFA se negaba al uso de cámaras para dilucidar jugadas
complicadas). Antes, el mismo gol, en el momento de su concepción, da cabida a
la sensible poética popular en la voz de un locutor, Víctor Hugo Morales: “¡Es
para llorar, perdónenme! Maradona en una corrida memorable. En la jugada de
todos los tiempos. ¡Barrilete cósmico, de qué planeta viniste para dejar en el
camino a tanto inglés! ¡Para que el país sea un puño apretado gritando por
Argentina!” Maradona es el autor e intérprete de la felicidad popular.
Los
críticos, primero que aceptar sin más el genio del jugador, arguyen las faltas:
Vida familiar desordenada, agresiones a periodistas, consumo de cocaína,
gordura, la efedrina de 1994, etcétera. Argumentos fuera de proscenio. En 1994
Pelusa confronta al poder. Después de marcar gol, como gorila enardecido encara
la cámara del mundial de Estados Unidos. El poder actuará entonces de manera
autoritaria. Por un supuesto azar, lo envían a prueba de orina. Da un positivo
todavía considerado dudoso. Y aunque haya afirmado, “No corrí por la droga.
Corrí por el corazón y la camiseta”, es excluido del mundial.
En 2000, la FIFA
organiza una votación por internet para determinar al mejor jugador del siglo.
Maradona triunfa de forma abrumadora. Pelé queda, lejos, en segundo lugar. La
burocracia internacional (a la cual pertenece Edson), modifica de última hora
los criterios originales y nombra a un panel que dictamine al vencedor. Por
supuesto que así gana Pelé. Pelusa protesta. FIFA tiene que cambiar otra vez y
decide otorgar dos premios: El del público a Maradona; el de los especialistas,
la burocracia, los reyes de la estadística, a Pelé. Pelusa recibe el premio de
la hinchada como el mejor jugador del siglo y la cámara toma el semblante
fatigado y consternado de Pelé quien, hundido en la butaca, apenas aplaude.
Maradona abandona el lugar tras ser ovacionado y no espera a que el brasileño
sea galardonado. Ha tomado revancha personal contra el poder.
El asunto
Pelé-Pelusa no es una materia de números. Lo es de apreciación estética en
conjunción con la valoración de la efectividad que el jugador despliega en la
cancha; un mecanismo de especulación e interpretación. Ambos jugadores son
extraordinarios. Sin embargo, Maradona obtiene el triunfo glorioso de rozar en
un instante cumbre y con las circunstancias propicias, la altura del arte.
Y
llega la despedida al fin del Pelusa: “Esperé tanto este partido y ya se
terminó. El futbol es el deporte más lindo y más sano del mundo. De eso no
quepa la menor duda a nadie. Porque se equivoque uno, no tiene que pagar el
futbol. Yo me equivoqué y pagué. Pero la pelota no se mancha”. Hoy, 2010, Diego
Armando Maradona, Pelusa, reaparece en escena; ahora como entrenador de su
país. Edson Arantes do Nascimento, Pelé, estará, mimado y con la expresión
desfallecida de siempre, observando desde el privilegiado palco de la dorada
burocracia de la FIFA.
Junio de 2010
P.d. Texto publicado en el libro De Caruso a Juan Gabriel. Una mirada de la cultura en México. Héctor Palacio. UJAT/Laberinto Ediciones/El caballo y la colina. México, 2019. Págs., 143-148.
martes, 20 de agosto de 2019
Jaime Torres Bodet había ya proyectado suicidarse al concluir sus
memorias: Rafael Solana; entrevista
Por Héctor
Palacio
Jaime Torres Bodet (1902-1974) se
suicidó el 13 de mayo de 1974. Se dio un tiro y la versión oficial estableció
que fue para dar término a un prolongado cáncer. Como parte de mi investigación
de tesis de licenciatura, en 1989 entrevisté al escritor Rafael Solana
(1915-1992), quien fuera su secretario particular cuando ocupó la Secretaría de
Educación Pública por segunda vez con Adolfo López Mateos (1958-1964), y amigo
cercano durante los últimos años de su vida. Solana desmiente esa versión, pues
afirma que su estado de salud era óptimo, que su decisión fue un libre acto de
voluntad, “cortó su vida en el momento en que estaba en la cumbre de su poderío
intelectual y, en cierta manera, físico”. En el 40 aniversario de su muerte
publiqué un fragmento de dicha entrevista, “El suicidio de Jaime Torres Bodet”
(SDPnoticias; 24-05-14). Desde entonces,
se me ha solicitado de manera reiterada que la publique por entero. Actualmente
reviso la tesis Obra diplomática y educativa
de Jaime Torres Bodet. La he actualizado reconvirtiéndola en el ensayo
monográfico Jaime Torres Bodet, los
Contemporáneos y la dorada prisión de la burocracia -que pronto aparecerá
de manera gratuita en el internet en tanto que algún interesado se anima a
publicarla en forma de libro-. En el apéndice del ensayo viene incorporada la
entrevista que aquí adelanto en su forma íntegra:
Entrevista con Rafael Solana
Héctor Palacio: ¿Cómo, cuándo
y en qué circunstancias conoció usted a Jaime Torres Bodet?
Rafael Solana: Cuando hicimos
la revista Taller Poético. Bueno,
esta revista la hice yo solo, después la convertimos en Taller (1938-1941) Octavio Paz, Efraín Huerta, Alberto Quintero y
yo. Pero desde Taller Poético (1936-1938)
busqué yo al señor Torres Bodet para pedirle su colaboración como poeta para
esta revista que reunía a todos los poetas no solamente de mi generación, sino
hablo de las generaciones anteriores. Encontré en él la mayor disposición para
acercarse a los jóvenes que le teníamos un gran respeto como poeta, como hombre
de letras y como figura nacional. También, además de su colaboración en verso
le pedí, como a otros, un ensayo para conmemorar el cuarto centenario de
Garcilaso de la Vega. Él fue el único de los artistas ya consagrados en ese
tiempo que me entregó un ensayo. Y con él, uno mío y uno de Alberto Quintero,
publicamos el librito Tres ensayos de
amistad lírica para Garcilaso (1936). Siempre lo encontré muy cordial. Pero
en esos momentos jamás hablamos de ninguna otra cosa que no fuera la poesía y
su carrera poética; a la que teníamos en la más alta estima.
HP: ¿Cómo se dio entre ustedes
la relación profesional, intelectual y de amistad en los diez años en que usted
trabajó con él?
RS: Posteriormente al primer
acercamiento, visité al señor Jaime Torres Bodet en París, en la embajada
(embajador entre 1954 y 1958). Él tenía la bondad de leerme algunos capítulos
de la obra que en ese momento estaba preparando, que era el Balzac. De la misma manera que yo había
ido antes a la Secretaría de Relaciones Exteriores a leerle capítulos de obras
mías, nos intercambiamos opiniones, consejos; quiero decir, que él me los daba
a mí, no de ninguna manera que yo los diera a él. Pero un día nuestra relación
cambió por completo al acudir yo a su casa un último de noviembre de un año que
será fácil precisar (1958). Él había publicado un libro y yo fui a agradecérselo
y a comentárselo. Esa tarde, después de que hablamos de poesía, cuando yo me
levantaba para irme, se atravesó él en la puerta y me dijo, “lo necesito a
usted” y dio un grito: “¡Josefina!”, para que bajara su mujer de la parte alta
de la casa de la calle de Güemes: “ven a conocer a mi nuevo secretario
particular”. Entonces yo me asombré mucho porque no sabía que al día siguiente
se publicaría la noticia de que él era el nuevo ministro de Educación Pública
para el gabinete de don Adolfo López Mateos. Y efectivamente, el primer día de
trabajo, a las 9 de la mañana, concurrí yo a una cita al Salón Bolívar. Me
encontraba en las escaleras a compañeros periodistas, creían que yo iba también
a reportear la nota. Nos pusimos todos en torno a la mesa, él salió, dijo unas
palabras y entonces agregó: “mi primer nombramiento es el de secretario
particular”, y dijo mi nombre; pues estaba yo ahí. Desde ese momento a las diez
de la mañana de un dos de diciembre empecé a trabajar con él y no lo dejé hasta
las diez de la mañana del dos de diciembre de seis años después.
HP: Es decir, primero se
entabla una relación intelectual, literaria y después una relación de trabajo.
RS: Así fue. La relación
literaria fue muy anterior a la otra. Aunque la relación de trabajo no cesó la
relación literaria, puesto que después de que toda la semana trabajábamos
administrativamente, el domingo nos reuníamos Arturo Arnaiz y Freg (1915-1980)
y yo con don Jaime para ese día sí hablar de poesía o para que nos leyera los
capítulos que iba escribiendo de sus memorias.
HP: Cierto, él en sus Memorias relata que ustedes se reunieron
durante los últimos años de su vida para redactarlas y leerlas los fines de
semana.
RS: Eso es, él contaba con que
Arnaiz le haría alguna puntualización en materia histórica -porque Arnaiz era
un gran historiador- y que yo tal vez le daría algún consejo en materias
gramaticales. Porque siendo don Jaime un estupendo dominador de nuestro idioma
-como antes que español había aprendido francés en su casa; y aunque también
era académico de México- algunas veces cometía algún galicismo sin darse
cuenta, en ese momento entraba yo. Pero muy rara vez le pude enseñar yo alguna
falta que inmediatamente advertía y corregía.
HP: Como usted menciona, él
aprendió el francés muy bien en su niñez, y eso nos remite a pensar en su
relación familiar, que fue muy estrecha sobre todo con la madre. Refiriéndonos
a esta juventud, a esta infancia, ¿cuál es la influencia materna y la paterna
en él?
RS: La paterna es mucho menor
que la materna. Él estaba en su casa, nunca fue a la escuela primaria; todo lo
que supo lo aprendió de manos de su madre que era francesa, doña Emilia.
HP: ¿Y el padre?
RS: El señor Torres Girbent
era catalán. Don Jaime era por parte de padre y madre hijo de extranjeros. A eso
se debe que una vez –le puedo contar una anécdota con cierto detalle-, él salía
para Francia con su mujer en viaje de descanso, de vacaciones (tomaba unos días
cada año y se iba a París). De pronto el sonido del avión dijo: “no se alarmen
ustedes, vamos a regresar un momento pero enseguida nos volveremos a ir”. Y aterrizó
el avión y estaban esperando a don Jaime unos enviados del presidente de la
república al pie del avión. Lo metieron en un coche y rápidamente, con sirena,
se lo llevaron al Palacio Nacional, lo subieron por el elevador privado e
inmediatamente fue al despacho de don Manuel [Ávila Camacho]. Entonces don
Manuel le dijo: “don Jaime, he pensado que sea usted mi sucesor”; y le dijo don
Jaime, “eso no puede ser señor presidente, porque lo prohíbe el artículo 82,
que haya hijos de extranjeros que aspiren a la presidencia”. Y don Manuel que
era muy buena persona dijo, “bueno, eso podría arreglarse”. Entonces don Jaime
dijo cortantemente, “mal principio para un presidente que empieza por burlar la
Constitución” [lo que se confirmaría más adelante, cuando Salinas de Gortari
arregló la Constitución para que el PAN llegara al poder con Vicente Fox].
Entonces dio por terminada la conversación con el presidente, se regresó a su
auto, se regresó al avión y siguió a Francia y nunca más se volvió a hablar del
asunto. Cuando terminaba él su período bajo López Mateos, se inquietó
nuevamente la opinión, también
pensando que sería un excelente presidente y hubo quien lo promoviera. Me veían
a mí, que era su secretario particular, para saber cómo recibiría él esas
ofertas y yo les hacía saber que las recibía muy mal, que por favor no fueran a
hacer ninguna. Y así, no hicieron ninguna proposición para que se volvieran a
inquietar y fuera uno de los “tapados” sucesores de don Adolfo López Mateos.
HP: Sí, he sabido de este
comentario sobre la posible sucesión de Ávila Camacho hacia el señor Torres
Bodet. Sin embargo no existe algo, al menos lo desconozco, escrito sobre el
asunto.
RS: Eso me lo contó a mí en lo
particular y lo puedo decir ahora que están muertos los dos, pero yo en vida de
ellos nunca lo comenté ni lo publiqué, pero así fue.
HP: Volviendo a la relación
familiar, es conocido que su madre lo acompañó en sus viajes dentro de lo que
he llamado el “peregrinar diplomático” que él realizó; el padre murió veinte años
antes que ella, en 1923. ¿Cuál fue la relación con el padre, distante?
RS: No, no fue muy distante,
era una familia muy integrada, pero el padre era un hombre de negocios que
tenía en aquel tiempo la administración del teatro Esperanza Iris, donde daba
temporadas de ópera. Por ejemplo, él trajo a Enrico Caruso a hacer temporadas
ahí [en 1919, cuando el legendario tenor napolitano estaba de gira y cantó
también en el Teatro Arbeu y en el Toreo de México; colonia Condesa]. De modo
que el padre se dedicaba a los negocios y dejaba al niño en la casa, absolutamente
al mando de la madre; como hijo único. De la madre sí fue estrechísimamente
ligado don Jaime, siempre.
HP: Dejando de lado por un
momento al poeta, al escritor, y atendiendo la vida profesional de Torres
Bodet, que iniciaría como secretario de la Escuela Nacional Preparatoria y en
seguida como secretario particular de José Vasconcelos, ¿cómo podría
periodizarse su vida pública?
RS: La vida pública de Torres Bodet
se podría periodizar de esta manera: en cuanto él fue estudiante –ya le digo,
no pasó por la primaria, sino que entró directamente a la preparatoria- fue
especialista en la literatura francesa que conocía muy bien y pronto dio
cátedra de ello en la Facultad de Altos Estudios. Entonces se abrían ante él
dos caminos, uno era el de la docencia y otro el de la diplomacia, que le
ofrecía un campo de curiosidad a sus viajes y a su ansia de saber y de conocer
más el mundo.
Se preparó tan rigurosamente a
la carrera diplomática y presentó un examen tan brillante, que el ministro de
Relaciones, Genaro Estrada, le hizo una concesión que no hacía a nadie, que es
darle a escoger el lugar donde quisiera él, porque había terminado con las más
altas notas. Una de sus características era conocer el idioma francés tanto o
mejor que el castellano. Conocía también el idioma inglés, el italiano y se
preparó en el estudio de las leyes relacionadas con la diplomacia, derecho
internacional, así de brillantemente. Por ejemplo, para compararlo, José
Gorostiza, que también era un gran poeta y que también llegó a ser ministro de
Relaciones Exteriores, debutó haciendo paquetes en Manchester y don Jaime
debutó donde él quiso. Escogió las más grandes legaciones, porque en ese tiempo
no había embajadas: en Francia, en París, en Madrid, donde trabajó al lado de
don Enrique González Martínez, y en Buenos Aires, que eran grandes capitales.
Posteriormente, ya como embajador, debutó en Bélgica y luego fue un brillantísimo
embajador en París, donde encabezaba el cuerpo diplomático. Lo que en otras
partes hacen los decanos o los nuncios apostólicos, él lo fue por su propio
prestigio, pues en Francia era la autoridad más buscada y más respetada entre
los diplomáticos; incluyendo los embajadores de los Estados Unidos, Rusia e Inglaterra,
que eran países más importantes que México en el mundo diplomático parisino [hay
que considerar que ya había sido director general de la UNESCO entre 1948 y
1952].
HP: Entonces la periodización
comienza en esta época, en la que él decide asumirse como diplomático y que
presenta sus exámenes.
RS: Sí, y sigue la carrera con
mucho cuidado, con muy riguroso cumplimiento para ir escalando los puestos uno
por uno, hasta llegar al más alto de todos que es el de ministro de Relaciones,
que sólo dejaría para ir a un puesto más alto todavía, que es el de ministro de
educación del mundo entero, la UNESCO.
HP: ¿Puede analizarse su vida pública en términos de los
puestos que iba ocupando, es decir, por períodos concretos de tiempo?
RS: Bueno, en realidad estos
puestos le servían para relacionarse. Por ejemplo, fue muy amigo de toda la
generación del 27 en España, de García Lorca, de Alberto del Toro Aguirre, de
Pedro Salinas, de todas estas personas. Y también en Buenos Aires de las
grandes figuras. Y en París, de Paul Valéry, Valery Larbaud, de los más grandes
literatos de su tiempo. Porque conectaba su actividad diplomática con la
actividad literaria, no se estorban la una de la otra. Grandes poetas mexicanos
han sido grandes diplomáticos.
HP: ¿Cuáles considera usted
que sean los momentos cruciales de su labor diplomática?
RS: En su vida diplomática
hubo momentos muy difíciles, muy ásperos. Por ejemplo, cuando Lázaro Cárdenas
decretó la nacionalización petrolera se presentaron momentos sumamente
difíciles porque las naciones europeas dueñas del petróleo, como Holanda,
decidieron confiscar el petróleo mexicano que iba en barcos para ser
desembarcado en puertos de Europa y don Jaime recibió uno de sus encargos más
graves, que fue el contrarrestar ese boicot. Pero los momentos culminantes de
su carrera son sin duda sus tres ministerios. Fue ministro de Educación dos
veces y de Relaciones una. Y le tocó participar, al final de las guerras, en la
formación de algunas instituciones internacionales como la OEA, la UNESCO y las
Naciones Unidas.
HP: ¿Cuáles serían los
sustentos filosóficos principales de la obra diplomática y de la obra educativa?
RS: El principio básico de su
carrera diplomática fue la defensa de los intereses y de la dignidad de México,
y esto lo sostuvo aun a riesgo de peligro de su vida en algunas ocasiones, como
en el “bogotazo” [9 de abril de 1948; que inició con el
asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán], o con enfrentamientos
frontales con los Estados Unidos. Por ejemplo, cuando en el palacio de Quitandinha,
Brasil (1947), se “encharcaron” las conversaciones que tenían ahí los ministros
de Relaciones de todo el continente. Se leía un proyecto del general Marshall
para que toda América fuera solidaria con los Estados Unidos y don Jaime se
opuso al texto con gran escándalo de todos los demás diplomáticos. El señor
Marshall se levantó y se fue. Se interrumpió la sesión y por la noche fueron
los embajadores y los ministros de tres o cuatro países a rogarle a don Jaime
que no tuviera esa temeridad de enfrentarse a los Estados Unidos; que los ponía
a todos en un brete, en una dificultad muy grande. Y don Jaime insistió y dijo:
“pues si no se modifica esto yo no lo firmaré y diré públicamente mis razones y
ustedes quedarán en ridículo ante sus propios países”. Se fueron muy enojados
todos. Se reanudó la sesión al día siguiente y al llegar al mismo punto, otra
vez se volvió a interrumpir. Se levantaron todos para tomar un café, para fumar
un cigarro, para desacalorarse, y se quedaron en la mesa solamente Marshall y
don Jaime. Entonces Marshall se bajó los lentes que tenía sobre la nariz y
mirando a don Jaime le dijo: “Ya sé lo que usted quiere don Jaime; usted quiere
un mapa que defina en qué terrenos una agresión a un país americano puede o
debe motivar la solidaridad de todos los demás”. Y don Jaime le dijo: “naturalmente,
porque nosotros no vamos a responder a una agresión que le hagan a ustedes en
Berlín, en Corea o en Vietnam, eso no tiene nada que ver con nosotros”. “Muy
bien -dijo Marshall-, entonces vamos a dibujar un mapa con una línea que diga
que si la agresión tuviera lugar en este territorio señalado por esa línea,
todos los países americanos responderán a la agresión que se haga a uno de
ellos”. “En ese momento firmo, en el momento en que se haga ese mapa, yo firmo”.
Esa misma noche fueron los mismos embajadores y ministros de relaciones de
otros países -que antes habían venido a reclamarle que era un temerario al
oponerse a los Estados Unidos- a decirle: “señor, de la que nos ha salvado
usted, no habíamos advertido ese peligro pero ahora estamos a salvo de él”.
HP: ¿Y el sustento filosófico
de su obra educativa?
RS: Él tenía la idea de que la
educación es la respuesta de todos los problemas de México, que una buena
educación disminuiría la criminalidad, la corrupción, la falta de trabajo; que
todo lo resolvería la educación. Pero tuvo una idea particularmente cara: que
la educación más importante para el pueblo mexicano era la educación técnica. Él
temía en el fondo que le fuese reprochado algún lirismo como poeta que era.
Temía que le fueran a decir: “usted está pensando en la alta cultura solamente
y no en la cultura del pueblo”. Entonces exageró en el sentido contrario y lo
que creó fue la secundaria técnica, las demás escuelas técnicas, institutos
técnicos para capacitar a los mexicanos para en los más cortos años de edad
empezar a ganarse la vida. Y así creó institutos de capacitación para hacer
zapateros, para hacer fabricantes de automóviles y de piezas, etcétera. En su
tiempo la educación técnica caminó con notable rapidez. Creó la educación
normal y la intensificó mucho porque dijo: “cómo podemos intensificar la
educación si no tenemos los bastantes maestros”. Entonces fundó el Instituto de
Capacitación del Magisterio y, con mucho impulso, animó a las escuelas normales
rurales.
HP: ¿Por qué decide
Torres Bodet el retiro a la vida privada
después de ser por última vez secretario de Educación Pública?
RS: No lo decide él. Habría
sido un excelente nuevo ministro de Educación si hubiera sido llamado para ello
por el nuevo presidente. Díaz Ordaz, con quien yo conversé ampliamente acerca
de esto, me dijo que le había ofrecido muchos puestos muy importantes, entre
ellos la embajada de Francia, que ya don Jaime había tenido. La rehusó porque
dijo que ya por ahí había pasado, que era regresar. Y nada más una sola cosa le
aceptó, su representación personal como enviado a la toma de posesión del presidente
de Colombia. Pero otros puestos que le fueron ofrecidos, él no los quiso. En el
fondo habría querido seguir siendo ministro de Educación, para no dejar
incompleto el plan que había esbozado para el mejoramiento y la ampliación de
la educación en México (el Plan de Once Años). No se pensó en él para eso y
llevaron a otro ministro, al señor Yáñez (el escritor Agustín Yáñez). Entonces,
don Jaime pensó que nada de lo que le podrían ofrecer le interesaba.
HP: ¿Existe un punto de
reunión entre su obra política y la literaria?
RS: Encontraríamos un punto de
contacto entre su obra política y su obra literaria en los discursos. Esto es
porque sus discursos, que siempre tienen un enorme contenido político,
filosófico y social, están tan excelentemente escritos que son en sí mismos
obras de arte, obras literarias.
HP: ¿En algún momento se
sobrepone la obra política a la literaria?
RS: El dio tanta importancia a
su obra, no digamos política, era administrativa; él nunca perteneció a ningún partido político,
no fue priista ni de ningún otro. Su obra administrativa, mejor que política,
la puso tan por encima de la otra que, por
ejemplo, renunció en todo el tiempo que fue ministro la segunda vez, a pertenecer
al Colegio Nacional. Porque las nóminas venían con un cheque para don Jaime
como miembro, y él se negó a recibirlo, absolutamente, durante esos seis años y
esto motivaba que tenían que devolver las nóminas a la tesorería y volver a hacer
otras nuevas. Fue un verdadero lío, pero él se negó absolutamente a hacer otra
cosa durante sus seis años en que ministró. A su obra literaria no le dedicaba
más que los domingos.
HP: ¿Qué lugar merece, dentro
de las letras mexicanas, la obra poética y ensayística de Torres Bodet?
RS: Yo creo que el tiempo le
dará un lugar mejor que el que ahora le dan. Pienso que fue un dominador del
idioma, tan perfecto, tan rico y tan elegante como Alfonso Reyes mismo, que es
el que va a la cabeza, y un poeta tan importante como González Martínez o como
Carlos Pellicer, que son los que ponen muy en alto actualmente; y para mí, supera
a todos los demás.
HP: ¿Existió alguna clase de
frustración o decepción en Torres Bodet por la falta del debido reconocimiento
a su obra intelectual, en términos genéricos digamos, y a su obra ensayística, literaria,
poética y narrativa?
RS: Yo creo que él no llegó a
conocer, ni tal vez a imaginar este desdén, este desconocimiento de su obra que
posteriormente a su muerte se produjo; porque en sus tiempos sí era muy
apreciado. Quién sabe hasta qué punto en este aprecio y en este comentario que
le hacía la prensa nacional e internacional influía el resto de su
personalidad, es decir, su aspecto de gran personaje de la vida. Sí se le
reconocía mucho, y ha sido después de su muerte cuando se ha fingido ignorarlo,
pero volverá, saldrá a flote.
HP: Sí, pero hubo ciertos
momentos en que los puntales de la literatura, quizá no tanto de la poética
como de la novelística en México, son otros, digamos otros estilos, como los
que genera la novela de la Revolución. Los Contemporáneos y en específico
Torres Bodet, tenían otro estilo, otra forma de crear. Es decir, en ese momento
quizá no había tanto público para su narrativa.
RS: Don Jaime es posterior a
la novela de la Revolución, pero él tenía gran admiración por los novelistas de
la Revolución. Entre las figuras que más admiraba él, al que tenía en más alto
punto de su propio altar era o don Martín Luis Guzmán, y era amigo, que lo
quería muchísimo, de Rafael F. Muñoz, de quien se hacía acompañar a los viajes
a América del Sur, cuando fue ministro.
HP: ¿Aparte de escribir sus
memorias, a qué otras actividades solía dedicarse Torres Bodet en los últimos
años de su vida?
RS: Solamente escribía sus
memorias. Aquí puedo decirle una cosa personal mía. Creo que don Jaime había ya
proyectado terminar su vida al concluir sus memorias y que la prolongó un año
más porque yo le hice notar que se necesitaba un último tomo más. Él decía que
no se necesitaba porque a esa época que va entre el final de Tiempo de Arena (1955) y el principio
de los otros volúmenes de sus memorias, aludía constantemente. Yo le insistía mucho
en que no bastaba que aludiera, sino que tenía que organizarlo todo. Por fin lo
convencí y se tardó un año en escribir Equinoccio
(1974; obra póstuma), y el día mismo en que devolvió las pruebas a la casa
Porrúa, fue cuando se suicidó.
HP: Usted escribió en el
prólogo a su obra novelística, editada por EOSA, que él renunció a la vida por
designio propio. ¿Por qué eligió esto?
RS: Él encontró que ya no
tenía nada que hacer en la vida. Terminada su obra literaria con la redacción
de sus memorias, terminada su obra administrativa con el remate de su segundo
período [como secretario de Educación] y terminada su obra diplomática al
cumplir 65 años de edad -que es la edad que se pone de límite a los embajadores-,
encontró que no tenía nada que hacer. Su familia era solamente su esposa, no
tuvo hijos, ni sobrinos..., algunos sobrinos, pero más bien del lado de su
mujer. Entonces encontró que era ocioso seguir viviendo. Se ha dicho que padecía
de cáncer o de alguna cosa; nada de eso es cierto. Yo estaba tan cerca de él
que lo veía ir -lo acompañaba incluso- a ver a sus médicos, uno de los cuales
era Césarman (Teodoro) que vive, otro de los cuales era el hijo de Marte Gómez,
que vive también; otros eran los Cueto. Todos ellos viven y podrían decir, si
fueran solicitados, que don Jaime lo único que padeció en el final de sus días
fue una especie de fractura, una fisura en el coxis de un tropezón que dio
dentro de su propia biblioteca y que lo obligó a guardar la silla de ruedas
durante un corto tiempo y luego a caminar con un bastón durante otro corto
tiempo; pero esto no lo afligía, su vida intelectual y mental era tan intensa
como siempre.
HP: ¿Solía ir al teatro, a la
ópera o al cine?
RS: Solía ir a las tres cosas
y siempre estaba muy enterado de todo, no solamente en México sino en el
extranjero. En París iba a los estrenos, a la ópera, a todo, y la patrocinaba
en México generosamente.
HP: En una publicación de la
Universidad, Ensayos contemporáneos sobre Jaime Torres Bodet, usted
establece la relación entre la destrucción de un templo japonés y la decisión
de Torres Bodet de terminar con su vida.
RS: Sí, la lectura de un libro
que se llamaba El templo dorado, de
Misihima -autor japonés que ahora es muy conocido, que ya se ha divulgado y ha
sido muy traducido, pero en aquel tiempo no lo era [se refiere a El pabellón de oro, 1956, de Yukio
Mishima, escritor que culminaría su existencia con un suicidio, tema
fundamental en su obra y su vida; ver, por ejemplo, la estética belleza del
filme El rito de amor y muerte;
escrito, actuado y dirigido por el propio Mishima en 1960]-, lo impresionó
mucho y también la anécdota de un pintor francés que en este mismo momento no
recuerdo quién es, pero lo tengo apuntado en alguno de mis escritos acerca de
esto, que el día en que terminó de pintar los plafones del Palacio de Versalles
se presentó ante el rey y le dijo “he terminado mi obra”; y ese mismo día se
suicidó [¿François Lemoyne?; 1688-1737. En 1991, la Universidad de Veracruz
publicó una colección de Crónicas de
Solana, en el artículo “El libro póstumo de don Jaime”, del 02-08-74, relata el
episodio del suicidio de Lemoyne después de concluir su “obra maestra” en el
techo de la Sala de Hércules del Palacio de Versalles]. Don Jaime estaba muy
impresionado por esta destrucción del templo de oro, que era tan perfecto que
no valía la pena esperar a que se deteriorase, sino cortarle, poner el incendio
antes de que comenzara a declinar. Quizá haya algo de aparentemente vanidoso.
Piensan que él se consideraba perfecto, pero él había ya culminado lo que se
había propuesto en vida, ya lo había realizado y no quería deteriorarse irse a
menos. Hubo tres muertes de amigos suyos que lo impresionaron muy hondamente.
Una de ellas, la de Salvador Novo, que se tiraba de la cama a veces y se rompía la cabeza cuando estaba ya en el
lecho de muerte... Otra de ellas, la de don Adolfo López Mateos, quien se quedó
en estado vegetativo durante tanto tiempo. Otra, la de José Gorostiza, tal vez
el más querido de todos sus amigos, que también se fue deteriorando, perdiendo
el habla, el conocimiento de sus familiares, el uso de la palabra, el uso del
pensamiento. Hasta quedar hecho una piltrafa, un guiñapo antes de morir. Don
Jaime tal vez temió verse en ese estado penoso y cortó su vida en el momento en
que estaba en la cumbre de su poderío intelectual y, en cierta manera, físico.
Nunca fue un atleta ni muchísimo menos, pero sí era un hombre relativamente
sano, la única lesión grave que tuvo fue la pérdida de un ojo por
desprendimiento de retina. [En 1954, cuando viajaba de regreso de Cuernavaca a
la Ciudad de México].
HP: ¿Cree usted que haya
influido en Torres Bodet el hecho de que en años anteriores algunos de sus
compañeros de generación también se suicidaron?
RS: No creo. Se suicidó Jorge
Cuesta, pero él no tenía, no creo que tuviera particular aprecio por esa relación.
De los Contemporáneos, al que más quería y apreciaba era sin duda a Carlos Pellicer.
HP: En Tiempo de arena (1955), comenta ampliamente sobre el suicidio de
varios personajes en la obra de Dostoievski.
RS: Él estudió muy
cuidadosamente a Dostoievski, es uno de sus constructores. Inventores de la realidad (1955) es uno de sus más bellos libros;
pero no creo que hayan sido los...
HP: ¿Habría desde entonces un
germen?
RS: Quién sabe. Esto lo saben
los psicólogos que dicen que eso (el suicidio), es un sentimiento que trae
escondido la gente y que los suicidios están determinados, ya que no es siempre
un hecho –y en este caso es clarísimo que no fue un hecho concreto- lo que
obliga ir al suicidio, como era el caso de Mauricio Urrieta, entre otros
políticos. Y tampoco era un drama familiar, un drama de amor, ni un drama de
enfermedad, como los suicidios de los artistas Jorge Negrete o Pedro
Armendáriz, que al sentirse que estaban condenados a muerte, la precipitaron [el
cantante murió en realidad a causa de un mal hepático contraído en la juventud].
HP. Salvador Novo ha dicho que
Torres Bodet no tenía vida, que sólo construía su biografía.
RS: Sí, esa es una frase del
viperino Salvador Novo; que siempre hacía frases ingeniosas. Pero, ¡cómo no va
a tener vida!, una vida intensamente dedicada a México y al pueblo mexicano.
HP: ¿Se puede considerar de
alguna forma como decadente la vida última de Torres Bodet?
RS: No, no llegó a decaer, se
cortó la vida en el apogeo de sus facultades y de su prestigio.
HP: ¿Qué futuro ve usted en el
conocimiento y reconocimiento de su obra tanto política, o administrativa, como
intelectual?
RS: Creo que va a subir. Hay
autores que tienden al alta, y autores que tienden a la baja, pero después de
momentos malos, resurgen. Por ejemplo, lo estamos viendo, digamos en la música.
Durante casi 50 años disminuyeron los prestigios de Liszt y Paganini, y ahora
han vuelto a resurgir. Eso pasa mucho en las letras; autores que estuvieron
olvidados, como Stendhal. Nunca fue un autor importante en su tiempo. Van Gogh
en su vida vendió un solo cuadro, lo compró su hermano. Ahora es uno de los
pintores más cotizados del mundo. Creo que cuando pasen las olas de popularidad
inflada y motivada por los marchants
o por los editores de algunos escritores mexicanos, sobre todo, pero en general
de todo un boom latinoamericano, las cosas
tomarán su nivel como las aguas y don Jaime va a subir mucho del aprecio que
ahora se le tiene.
HP: Por último, ¿hay alguna
otra anécdota que usted quisiera confiarme en su relación personal con Torres
Bodet?
RS: Bueno, ya salieron dos o
tres. Una anécdota que no es de mi relación personal con él sino de su vida
pública, es cuando en Bogotá tenía que llevar al palacio donde se celebraban
las conversaciones ciertos documentos y en el momento en que llegó había un tiroteo
en la plaza donde estaba el Congreso, y él tranquilamente, sin apresurar el
paso, comenzó a subir aquellas escalinatas. Don Rafael (Muñoz, el novelista),
de los que iban con él, le dijo: “¡Don Jaime, que nos están tirando!”, y el otro
respondió: “¡En estos momentos no soy Jaime Torres Bodet, soy México!”. Y
siguió con el mismo paso entre los tiros que le pasaban por todas partes,
porque México no podía dar el espectáculo de agacharse o de esconderse; y
siguió. Personalmente recuerdo un caso, que es el siguiente. Me leía sus memorias,
y al llegar a un capítulo en que él y su esposa abandonan París bajo las
bombas, contaba que llevaban a un perrito que se llamaba “Bijou”. Y le dije,
“don Jaime, por qué no suprime de su narración al perrito”, y me dijo: “de
ninguna manera, es cierto, lo llevábamos”. “Bueno, pero va a dar mal sabor de
boca”. Y replicó, “llevábamos al perrito y tiene que aparecer”. “Piense usted –le
dije- que en la descripción que va haciendo, al lado de la carretera va la
gente empujando alguna bicicleta, con sus colchones y llevan niños que van
llorando de hambre porque no tienen qué comer en el camino. Y la gente se
preguntará, ¿y este perrito iba
comiendo?”; [perrito, por lo demás, llamado “Joya” en español]. Y don Jaime dijo:
“Bueno, pues tiene razón”; y suprimió al perrito.
HP: ¿Se ha dedicado usted,
posteriormente a la muerte de don Jaime, a algún tipo de trabajo en relación a
su obra?
RS: De la obra de don Jaime
escribí prólogos de poemas y de algunos libros suyos en prosa y de versos.
Encabecé en el momento de su fundación el Ateneo Torres Bodet, que tenía por
finalidad recordar la obra de don Jaime, difundirla y, cada año, hacerle
veladas en su honor; en las fechas de su nacimiento o de su muerte. En los
estatutos del Ateneo se decía que la presidencia fuera pasando cada seis meses
a otra persona, y la última persona en que cayó ha dejado morir esa
institución. Pero yo traté mucho de animarla durante algún tiempo.
Coyoacán, México; agosto de 1989.
sábado, 17 de junio de 2017
La “generación de la discordia” y el voto de Enrique Krauze
La “generación de la discordia” y el voto de Enrique Krauze
Por Héctor Palacio
Enrique Krauze se reunió en privado,
al menos en una ocasión, con el beneficiario del fraude de 1988, a quien,
exaltado, muchos años después calificaría como “intelectual orgánico” del
partido fundado por Elías Calles: Carlos Salinas de Gortari (“Nuevo intelectual
orgánico del PRI”; Letras Libres,
diciembre 20, 2010). Él mismo revela el importante encuentro:
“En octubre de 1993, el presidente me
citó —…— para sondear mi opinión sobre el proceso sucesorio. Le expuse mi
crítica sobre el aspecto político de su sexenio. Contestó que para eludir el
destino de la Unión Soviética, México debía consolidar la perestroika antes que
la glasnost'. Enseguida me pidió que le diera una opinión franca sobre tres
precandidatos: Pedro Aspe, Luis Donaldo Colosio y Manuel Camacho. Se la di, con
una inclinación en favor de Camacho. Dado el éxito de la reforma económica era
obvio que la tarea pendiente sería la reforma política: Camacho tenía la
voluntad de hacerla. (“Los idus de marzo”; Letras
Libres, marzo, 1999).
Intelectual orgánico beneficiario del
fraude de 1988, según ha suscrito Krauze en varias ocasiones, las más recientes,
en “Desaliento de México”: “En 1988, el repertorio se enriqueció con la
manipulación electrónica de resultados, que permitió al pri robar la elección
presidencial” (Letras Libres;
09-05-16), y en “La Generación de la discordia”: “el fraude del 88” (Reforma; 08-05-16).
¿Es válido o legítimo que un
intelectual que se asume demócrata, que aboga por una “democracia sin
adjetivos”, se reúna con un defraudador de la democracia, un delincuente
electoral? No sé si lo sea, Krauze lo ha hecho sin rubor. ¿Qué significado
tiene, por otro lado, que un intelectual sea “citado” por el presidente en
turno?
La contradicción es la melodía
disonante en Krauze: por un lado, favorece, aplaude e impulsa el sistema
económico depredador que se ha afianzado en México desde hace ya 35 años, por
otro, critica en apariencia a los hombres que lo han ejecutado. En apariencia porque,
como veremos, el intelectual ha valorado en general de manera positiva la labor
de estos gobernantes que son, al tiempo, los responsables de la debacle, la
desazón y el desaliento de México al cual hace referencia.
1. De Zedillo Ponce de León, ha hecho
un elogio: “un liberal auténtico y un demócrata convencido”. 2. En Fox Quezada
ha valorado la “alternancia” (¿se cumplió en él su deseo de ausencia de
adjetivación para la democracia?), y en Letras
Libres, pese a considerarlo “cerril”, un colaborador cercano y afín, Roger
Bartra, lo ha calificado como “derecha moderna y pragmática” (¿se puede ser
cerril y moderno a la vez?). 3. Su activismo político, psíquico e ideológico
fue muy marcado en favor del candidato Calderón Hinojosa: escribió un texto
“psicologista” y sectario en contra de su adversario, “El mesías tropical” (Letras Libres; 30 de junio de 2006),
convalidó lo que muchos intelectuales y especialistas han considerado como un
fraude electoral y asistió a la toma de posesión (o el asalto a la presidencia)
del panista en el Auditorio Nacional. Por su parte, Bartra lo ha elogiado a
mares: “una derecha, centrista y pragmática, con una pronunciada vocación
democrática, animada por un humanismo católico laxo y tolerante” (“Fango sobre
la democracia”; Letras Libres, octubre,
2006). 4. De Peña Nieto no ha hecho sino convalidar -sobre el tejido de una crítica
somera a la corrupción, la violencia y la impunidad; algo que cualquier
observador tendría que hacer- el sistema sobre el cual se soban estos tres
componentes y que ha sido impulsado y desarrollado precisamente desde los
tiempos de la presidencia robada por el intelectual orgánico del PRI.
¿Cómo esperar de estos hombres, de sus
colaboradores y aliados, que son sus potenciales sucesores, un espíritu
democrático?
Un artículo que sigue la línea y hace
alabanza del historiador señala que México no necesita de un “caudillo” sino de
“una generación de dirigentes… que sirvan de modelo por su sentido de responsabilidad,
por su visión,…, por su apego a las reglas de un sistema que debe ser garantía
de derechos, certeza y esperanza”. ¿Podría Liébano Sáenz, autor del incienso
(“Entre el desaliento y la esperanza”; Milenio,
07-05-16), decir dónde encontrar a esos hombres dentro del sistema que tanto él
como el objeto de su panegírico valoran como imprescindible, el modelo que al
cabo de 35 años exhibe de manera siniestra su fracaso? ¿No ha sido la nueva
generación panista o el nuevo rostro del PRI la solución que ellos han
preconizado y protegen aun de la crítica severa? (¡Ah, parece que ahora se
añade la búsqueda de “independientes”!).
Cuando se lee “Desaliento de México”,
queda la impresión de que se parece mucho a un informe sobre el estado del
gobierno actual que bien pudiera ser leído por Peña, Videgaray o Beltrones. Texto
sobrado en datos, cifras y cotejos que deja como colofón una clásica frase
oficial recurrente desde el presidente municipal al nacional pasando por el
gobernador: “hemos avanzado, pero falta mucho por avanzar; ¡sigamos avanzando!”.
En su crítica al presente corrupto y
violento, Krauze atribuye la impunidad, en gran parte, a la ausencia de
desarrollo de la experiencia jurídica en el ámbito criminal. Pero, pese a ello
y a la fatal inexperiencia y carencia de memoria connatural a los jóvenes, solicita
que se valore el hecho de que el presente es menos peor que el pasado autoritario
priista. Salvo la mención al “conflicto de interés” (utiliza el eufemismo que
sustituye corrupción) de Peña y su esposa en torno a “la casa blanca” (evade a
Videgaray, Chong y otros), el ensayo carece de un aporte novedoso, valioso. Se
trata de una síntesis que, con todo y su crítica dietética, convalida al
régimen vigente y lo ratifica como algo valioso de preservar; un producto de la
democracia des-adjetivada.
Si el anterior ensayo tiene el
propósito de contextualizar, más interesante y concreto resulta el artículo “La
generación de la discordia”, que, según informa el autor, inicia “una serie
sobre las generaciones políticas que comparten el escenario en el siglo XXI”. Según
codifica, esta discordante “camada” (sic) nace entre 1950 y 1965 y repica las
puertas del poder en el crucial año de 1994. Demasiado jóvenes para participar
en el 68 (la que considera su propia generación), “vivieron bajo su signo”. “Su
designio fue superar la crisis endémica y fundar un nuevo ciclo histórico:
construir las prácticas e instituciones de la democracia en México”. Menciona a
Colosio, Zedillo, Woldenberg, Calderón, al “Subcomandante Marcos” y López
Obrador como parte de la generación. Desafortunadamente, Enrique Krauze utiliza
su clasificación (habrá que esperar la definición de los otros grupos: ¿1966-1985;
1986-2000?) para volver a un tema obsesivo que se ha convertido, en su caso, en
toma de partido: López Obrador y su presunto “mesianismo” (de tan analizada y
cotejada con el día a día del personaje vivo, dicha tesis ha sido derrumbada).
El cierre del artículo está
confeccionado para él:
“Tomando la estafeta de Marcos (que
se desvaneció en la penumbra y la leyenda) López Obrador ahondó la discordia
interna en la Generación del 94. Su plataforma no proponía la construcción de
un orden democrático nuevo sino la vuelta al orden antiguo de la Revolución
mexicana, en su momento cardenista…
“A partir de 2006, la política
mexicana se volvió una batalla campal en el seno de la Generación de 1994. El
líder de su ala radical opina que el modelo económico es absolutamente erróneo.
Y sostiene que no vivimos en democracia. Está en su derecho, pero sus
afirmaciones contradicen su propio lugar en la vida pública: tiene la propiedad
privada de un partido político, goza del financiamiento público que eso supone
y una exposición sin precedente en los medios de comunicación. Su postura
presagia lo que sería su gobierno. El advenimiento de un caudillo mesiánico a
la presidencia, hecho inédito e incompatible con las leyes e instituciones de
una democracia. La discordia se dirimirá en 2018. El legado de la generación
está en vilo.”.
La zozobra que amenaza a la democracia
mexicana ante el acecho del líder “mesiánico” habría sido salvada temporalmente
por Calderón Hinojosa pues, “Más allá de sus aciertos y desaciertos, su
gobierno preservó el frágil edificio de la democracia” (¡esto es lo que se
llama una crítica dietética, light!,
¿no?); presunción que habría que extender, de acuerdo al discurso krauzeano, a
Peña Nieto.
Es decir, muy por el contrario de lo
que registra la realidad mexicana, el legado democrático de la generación
correspondería a Zedillo, (también a Fox, un colado generacional), Calderón y
Peña, guiados por su padre político: Salinas de Gortari (el “gran reformador de
la economía”, según el historiador) y el mal, la parte negativa, provendría de
López Obrador, sus seguidores, simpatizantes y votantes. El legado se encuentra
en vilo porque el político de izquierda
(“radical”, según Krauze; muchos niegan tal interpretación o dicen: radical
contra la corrupción, que ya es bastante), en tercera ocasión, se ubica de
nuevo como líder de las encuestas y los “buenos” de la generación no han podido
dar al clavo de cómo bajarlo de allí a causa de lo mal que se conducen y gobiernan
y del mal consecuente que han causado a la sociedad mexicana. Pero no cejan en
su propósito y fraguan posibilidades para despeñarlo.
La idea del ser discorde, disonante,
negativo para la sociedad dentro de un lapso temporal que impide la paz
pública, podría ser una buena tesis complementaria del “peligro para México”.
Es evidente que el voto de Krauze ha
sido por esa vertiente “democrática” de la generación 1950-1965: la encarnada
por los gobiernos del PRI y el PAN, y otra vez el PRI. Incluso, es de dudarse
que en 1988, de acuerdo a su perfil, haya votado por alguien de quien se
expresa bien, Cuauhtémoc Cárdenas, pues representaría la supuesta vuelta a ese
cardenismo nacionalista que con tanto ahínco deplora y combate. Por el
contrario, pese al rotundo fracaso, el programa económico de Salinas y sus
sucesores ha merecido los mejores aplausos alados de su pluma.
Produce asombro que un historiador y
ensayista sensato haga semejante propuesta: que el sistema, los gobiernos y los
políticos que han fallado estrepitosamente por 35 años y que tanto daño han
hecho a México, valgan la pena para su defensa tenaz y sostenida por años y que
valgan el ataque y la defenestración del adversario. López Obrador es un
político que el propio historiador ha reconocido como honesto. Y si se
considera que lo que arruina a la sociedad mexicana es la tríada indisoluble:
corrupción, violencia e impunidad y que los que han gobernado fallan y continúan
fallando, ¿acaso lo primero que se necesitaría no es de un político honrado,
honesto que, más allá de ideologías, encabece el cambio que el país necesita? Con
base al análisis de su labor como jefe de gobierno de la ciudad –donde no fue
mesiánico ni dictatorial- al menos merecería el beneficio de la duda. O acaso
valga la pena cotejar lo que han hecho unos y otro, los buenos y el malo.
Podría producir, sí, desaliento que
un intelectual visible como Enrique Krauze estimule la prevalencia de un
sistema fracasado, que siendo la tarea de una inteligencia la ejemplar de guiar
a la sociedad o la de iluminar con el conocimiento y la crítica, prefiera tomar
partido; y hacerlo por el peor. Este es el planteamiento del historiador: el
gobierno y sus gobernantes son corruptos y autoritarios, pero los prefiero por
tener una ideología política y económica afín a mí (de cuyos beneficios, en
todo caso, sólo gozan ellos y sus amigos), a un hombre que considero honesto y
cuyo programa plantea el socavamiento radical de la corrupción pero del cual
tengo la sospecha, el instinto, la interpretación psíquica-freudiana de que, de
gobernar, sería un mesías autoritario, y de la peor especie: tropical.
Opuesto a Krauze, alguien como el Premio
Cervantes 2016, Fernando del Paso, ha dado su paso en favor del partido de la
sociedad victimada por el sistema; en su caso, con su actitud, el aliento se estimula
y anima.
Publicado en
SDPnoticias.com; 11 de mayo de 2016.
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martes, 26 de marzo de 2013
#RebeliónDeLaCloaca (vs Enrique Krauze)
#Rebeliondelacloaca
(vs Enrique Krauze)
Por Héctor
Palacio @NietzscheAristo
Una rebelión de la cloaca, eso es el twitter. Al menos para
algunos fundamentalistas. La rebelión y quizá la revolución que ha significado
el nacimiento y la expansión del twitter
es para ellos una cloaca. Porque a los exquisitos, a quienes se han creído
hasta ahora propietarios de la razón y los únicos con derecho a ella –Sócrates
de Polanco-, les ha irritado la crudeza del lenguaje, la irreverencia y la
manera directa como se expresan los tuiteros.
Y más que ello, pareciera molestarles el sentido democrático del internet en
general.
Anteriormente a la era del blog, sólo un grupo de privilegiados tenía acceso a la palabra
impresa, a la publicación. Internet abrió el mundo, lo interconectó y lo volvió
más democrático. Y no me refiero al papel de
twitter en momentos cruciales como las protestas públicas y la caída de
tiranos árabes, simplemente al hecho de ser una posibilidad abierta a todos. Si
internet se ha mostrado como un ámbito esencialmente democrático, twitter ha sido una revelación, una
rebelión, una explosión, una revolución incontenible. Otras expresiones del internet fueron efímeras o demasiado “fresas”. For instance, facebook is not only too
limited but too nice as well, and too often sooo fucking boring. Nothing happens with it. Facebook es más bien utilizado como aparador de vanidades, su
participante prototipo tiene cierto anquilosamiento en el pensamiento político
y social, está menos informado, tiende mayormente al conservadurismo; se trata
de un medio más familiar y de supuestos amigos que de verdadera interacción
social (¿se confirmará la sospecha de que pudiera tratarse de un centro virtual
de espionaje a cuya información tiene acceso el gobierno de los Estados
Unidos?).
El potencial de twitter,
en cambio, pareciera ilimitado. Cantidad de seguidores y seguidos es libre.
Velocidad vertiginosa. Interacción entre desconocidos es de ida y vuelta.
Información vertida va desde lo más frívolo y estúpido a lo más trascendente en
todos los ámbitos del saber humano. Puede darse la interlocución entre
cualquier ciudadano y una figura pública o “estrella” también de cualquier
terreno imaginable. 140 caracteres no son un corsé sino inclusive un bello
reto; en ocasiones son demasiados. Y no hay vuelta. Afortunadamente, esta
herramienta social, esta variante de comunicación –pese a las frecuentes amenazas
de censura-, llegó con el nuevo siglo y no sólo permanecerá sino que ofrece
horizontes insospechados.
Una de las peculiaridades más atractivas del espacio es la
posibilidad de interactuar con el mundo y la persona. El todo y el individuo.
Lógicamente, hablamos de espíritus si no cabalmente democráticos, cuando menos
recíprocos o interesados en el devenir de los eventos y el pensamiento que
corre como la luz por los meandros invisibles. Naturalmente, difícilmente
encontraremos o podríamos establecer diálogo con aquellos que consideran al
internet y al twitter, como una
cloaca.
Y si hay que citar nombres, nos referiremos en específico a
un señor calificado como pilar de la intelligentsia
mexicana actual. A Enrique Krauze Kleinbort, quien en entrevista con el
periódico Milenio en julio de 2010,
calificó y acusó de cloaca, es decir, de canal de desperdicios, de caño de
aguas negras, de cagalar, a la refrescante atmósfera virtual: “…en internet… se
dicen cosas increíbles. No hay ya respeto a las obras, a las formas, a las
trayectorias, a las ideas. Es una cloaca.”. He aquí cómo se nos muestra un
aliento tolerante y democrático, con adjetivos asaz burdos. Y como él, otros
periodistas o “estrellas” que sólo se dignan a dialogar con quienes le son
favorables. Y es que twitter también
ha sido un medio para desenmascarar farsantes. Cuando se establecen debates,
inmediatamente se sabe quién es el embaucador, el engañabobos o el mentiroso, y
quién asume con responsabilidad y entereza ética su posición, cualquiera que
ésta sea.
Naturalmente, no nos hacemos la ilusión de un debate entre
Krauze y tuitero alguno, pero ni
falta que hace. Ya sabemos que no anida allí un ánimo abierto, honesto, sino
uno tartufo que no correría riegos. No estamos ante ese polemista espíritu
inglés mostrado tan magníficamente por Ved Mehta en La mosca y el frasco (espíritu al cual según Krauze debe mucho,
pero del cual poco asimiló; hablamos de Bertrand Russel, Arnold Toynbee,
Gilbert Ryle, A. J. Ayer, Iris Murdoch, E. H. Carr, entre otros, incorporados
por Mehta en su apasionante libro). No cabe esperar “peras del olmo”, de alguien
acostumbrado a debatir con el espejo o, mejor, con la cámara de televisión. Y
quizá alguien como Krauze tenga razón en su temor. Pues durante lustros y como
privilegiado disfrutó del acceso a los medios impresos, a los medios masivos.
La opinión del público no importaba y se expresaba cuando mucho en alguna carta
al editor, en panfletos o periódicos lumpen o casi clandestinos. Hoy, los
silentes por fuerza, no lo están más. Internet y twitter abrieron y cambiaron su mundo para siempre. Y asimismo el
humor de individuos como el del ex tenedor de libros de Octavio Paz.
El fenómeno
sociológico, el rasgo psicológico, el perfil ideológico, el planteamiento
teórico, la manifestación cultural ante la cual estamos es nada menos que
equivalente al concepto ortegaygassetiano de la rebelión de las masas, un siglo
más tarde: la rebelión frente a la élite de privilegiados del mundo impreso
previo al internet. Estamos ante una explosiva era revolucionaria semejante a
la de Gutenberg. Y ese es el embarazo de clase que no acepta Krauze, que le
revuelve el estómago, y por ello apunta con el dedo y de la ira muta a la
agresión.
Mas se equivoca Krauze al acusar a la cloaca de izquierdosa.
En realidad, en las redes sociales circulan profusamente todas las posturas
ideológicas y políticas imaginables. Habría que decir inclusive que dentro de
la izquierda existe mayor responsabilidad que entre ciertos individuos
provenientes del pensamiento reaccionario y ultraconservador. El historiador ha
dicho que le molesta la crudeza con que se describe y expresa una realidad que
imaginamos él desearía ver y transcribir con sedas. Bueno, ese es otro problema
que podemos atribuir a diferente educación, perspectiva vital o simplemente al
encabronamiento de quienes durante esos lustros no tuvieron voz. Ahora bien,
¿de cuándo acá quiere Enrique erigirse en censor del lenguaje?
La censura del idioma no funciona ni a los ortodoxos
miembros de la real academia de la lengua. Lo sugirió así Antonio Alatorre en
su extraordinaria obra Los 1001 años de
la lengua española: El lenguaje vive y se construye en la calle, no en la
academia (ahora también en el universo virtual). Mas si Krauze -y otros de su
tipo- decidiera participar de twitter
(su revista lo hace, su hijo también) y acaso molestara a su espíritu de
aparente Burro Benjamín orwelliano (otra rebelión, la de la granja), cierta
expresión altisonante de la cloaca, le bastaría con no seguir a sus seguidores,
bloquearlos, reportarlos o simplemente ignorarlos. Así de libre es twitter. Tal vez una libertad y un
espíritu democrático incomprensible e inaceptable para el cagalar exquisito y
fundamentalista de un elitismo temeroso.
Bienvenidos los nuevos tiempos. Entonemos ahora a Schiller
en versión de Ludwig. Afortunados aquellos a quienes la corriente de la
historia –agradable y sólido concepto de Alfred Weber en Historia de la cultura- les coloca ante la posibilidad de la
comunicación libre y democrática (a falta de democracia social, económica y
política), ante el inimaginable advenimiento del internet y, muy
particularmente, del twitter y su
revolucionario porvenir.
P.D
Texto publicado originalmente el 16 de mayo de 2011. Se vuelve a publicar
debido a su vigencia, tal como lo muestra la reciente entrada de Enrique Krauze
a twitter, sus expresiones en el mismo,
y sus radicales desencuentros con Alfredo Jalife-Rahme.
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