sábado, 17 de junio de 2017

La “generación de la discordia” y el voto de Enrique Krauze



La “generación de la discordia” y el voto de Enrique Krauze
                                                                             Por Héctor Palacio

Enrique Krauze se reunió en privado, al menos en una ocasión, con el beneficiario del fraude de 1988, a quien, exaltado, muchos años después calificaría como “intelectual orgánico” del partido fundado por Elías Calles: Carlos Salinas de Gortari (“Nuevo intelectual orgánico del PRI”; Letras Libres, diciembre 20, 2010). Él mismo revela el importante encuentro:

“En octubre de 1993, el presidente me citó —…— para sondear mi opinión sobre el proceso sucesorio. Le expuse mi crítica sobre el aspecto político de su sexenio. Contestó que para eludir el destino de la Unión Soviética, México debía consolidar la perestroika antes que la glasnost'. Enseguida me pidió que le diera una opinión franca sobre tres precandidatos: Pedro Aspe, Luis Donaldo Colosio y Manuel Camacho. Se la di, con una inclinación en favor de Camacho. Dado el éxito de la reforma económica era obvio que la tarea pendiente sería la reforma política: Camacho tenía la voluntad de hacerla. (“Los idus de marzo”; Letras Libres, marzo, 1999).

Intelectual orgánico beneficiario del fraude de 1988, según ha suscrito Krauze en varias ocasiones, las más recientes, en “Desaliento de México”: “En 1988, el repertorio se enriqueció con la manipulación electrónica de resultados, que permitió al pri robar la elección presidencial” (Letras Libres; 09-05-16), y en “La Generación de la discordia”: “el fraude del 88” (Reforma; 08-05-16).

¿Es válido o legítimo que un intelectual que se asume demócrata, que aboga por una “democracia sin adjetivos”, se reúna con un defraudador de la democracia, un delincuente electoral? No sé si lo sea, Krauze lo ha hecho sin rubor. ¿Qué significado tiene, por otro lado, que un intelectual sea “citado” por el presidente en turno?

La contradicción es la melodía disonante en Krauze: por un lado, favorece, aplaude e impulsa el sistema económico depredador que se ha afianzado en México desde hace ya 35 años, por otro, critica en apariencia a los hombres que lo han ejecutado. En apariencia porque, como veremos, el intelectual ha valorado en general de manera positiva la labor de estos gobernantes que son, al tiempo, los responsables de la debacle, la desazón y el desaliento de México al cual hace referencia.

1. De Zedillo Ponce de León, ha hecho un elogio: “un liberal auténtico y un demócrata convencido”. 2. En Fox Quezada ha valorado la “alternancia” (¿se cumplió en él su deseo de ausencia de adjetivación para la democracia?), y en Letras Libres, pese a considerarlo “cerril”, un colaborador cercano y afín, Roger Bartra, lo ha calificado como “derecha moderna y pragmática” (¿se puede ser cerril y moderno a la vez?). 3. Su activismo político, psíquico e ideológico fue muy marcado en favor del candidato Calderón Hinojosa: escribió un texto “psicologista” y sectario en contra de su adversario, “El mesías tropical” (Letras Libres; 30 de junio de 2006), convalidó lo que muchos intelectuales y especialistas han considerado como un fraude electoral y asistió a la toma de posesión (o el asalto a la presidencia) del panista en el Auditorio Nacional. Por su parte, Bartra lo ha elogiado a mares: “una derecha, centrista y pragmática, con una pronunciada vocación democrática, animada por un humanismo católico laxo y tolerante” (“Fango sobre la democracia”; Letras Libres, octubre, 2006). 4. De Peña Nieto no ha hecho sino convalidar -sobre el tejido de una crítica somera a la corrupción, la violencia y la impunidad; algo que cualquier observador tendría que hacer- el sistema sobre el cual se soban estos tres componentes y que ha sido impulsado y desarrollado precisamente desde los tiempos de la presidencia robada por el intelectual orgánico del PRI.

¿Cómo esperar de estos hombres, de sus colaboradores y aliados, que son sus potenciales sucesores, un espíritu democrático?

Un artículo que sigue la línea y hace alabanza del historiador señala que México no necesita de un “caudillo” sino de “una generación de dirigentes… que sirvan de modelo por su sentido de responsabilidad, por su visión,…, por su apego a las reglas de un sistema que debe ser garantía de derechos, certeza y esperanza”. ¿Podría Liébano Sáenz, autor del incienso (“Entre el desaliento y la esperanza”; Milenio, 07-05-16), decir dónde encontrar a esos hombres dentro del sistema que tanto él como el objeto de su panegírico valoran como imprescindible, el modelo que al cabo de 35 años exhibe de manera siniestra su fracaso? ¿No ha sido la nueva generación panista o el nuevo rostro del PRI la solución que ellos han preconizado y protegen aun de la crítica severa? (¡Ah, parece que ahora se añade la búsqueda de “independientes”!).

Cuando se lee “Desaliento de México”, queda la impresión de que se parece mucho a un informe sobre el estado del gobierno actual que bien pudiera ser leído por Peña, Videgaray o Beltrones. Texto sobrado en datos, cifras y cotejos que deja como colofón una clásica frase oficial recurrente desde el presidente municipal al nacional pasando por el gobernador: “hemos avanzado, pero falta mucho por avanzar; ¡sigamos avanzando!”.

En su crítica al presente corrupto y violento, Krauze atribuye la impunidad, en gran parte, a la ausencia de desarrollo de la experiencia jurídica en el ámbito criminal. Pero, pese a ello y a la fatal inexperiencia y carencia de memoria connatural a los jóvenes, solicita que se valore el hecho de que el presente es menos peor que el pasado autoritario priista. Salvo la mención al “conflicto de interés” (utiliza el eufemismo que sustituye corrupción) de Peña y su esposa en torno a “la casa blanca” (evade a Videgaray, Chong y otros), el ensayo carece de un aporte novedoso, valioso. Se trata de una síntesis que, con todo y su crítica dietética, convalida al régimen vigente y lo ratifica como algo valioso de preservar; un producto de la democracia des-adjetivada.

Si el anterior ensayo tiene el propósito de contextualizar, más interesante y concreto resulta el artículo “La generación de la discordia”, que, según informa el autor, inicia “una serie sobre las generaciones políticas que comparten el escenario en el siglo XXI”. Según codifica, esta discordante “camada” (sic) nace entre 1950 y 1965 y repica las puertas del poder en el crucial año de 1994. Demasiado jóvenes para participar en el 68 (la que considera su propia generación), “vivieron bajo su signo”. “Su designio fue superar la crisis endémica y fundar un nuevo ciclo histórico: construir las prácticas e instituciones de la democracia en México”. Menciona a Colosio, Zedillo, Woldenberg, Calderón, al “Subcomandante Marcos” y López Obrador como parte de la generación. Desafortunadamente, Enrique Krauze utiliza su clasificación (habrá que esperar la definición de los otros grupos: ¿1966-1985; 1986-2000?) para volver a un tema obsesivo que se ha convertido, en su caso, en toma de partido: López Obrador y su presunto “mesianismo” (de tan analizada y cotejada con el día a día del personaje vivo, dicha tesis ha sido derrumbada).

El cierre del artículo está confeccionado para él:

“Tomando la estafeta de Marcos (que se desvaneció en la penumbra y la leyenda) López Obrador ahondó la discordia interna en la Generación del 94. Su plataforma no proponía la construcción de un orden democrático nuevo sino la vuelta al orden antiguo de la Revolución mexicana, en su momento cardenista…

“A partir de 2006, la política mexicana se volvió una batalla campal en el seno de la Generación de 1994. El líder de su ala radical opina que el modelo económico es absolutamente erróneo. Y sostiene que no vivimos en democracia. Está en su derecho, pero sus afirmaciones contradicen su propio lugar en la vida pública: tiene la propiedad privada de un partido político, goza del financiamiento público que eso supone y una exposición sin precedente en los medios de comunicación. Su postura presagia lo que sería su gobierno. El advenimiento de un caudillo mesiánico a la presidencia, hecho inédito e incompatible con las leyes e instituciones de una democracia. La discordia se dirimirá en 2018. El legado de la generación está en vilo.”.

La zozobra que amenaza a la democracia mexicana ante el acecho del líder “mesiánico” habría sido salvada temporalmente por Calderón Hinojosa pues, “Más allá de sus aciertos y desaciertos, su gobierno preservó el frágil edificio de la democracia” (¡esto es lo que se llama una crítica dietética, light!, ¿no?); presunción que habría que extender, de acuerdo al discurso krauzeano, a Peña Nieto.

Es decir, muy por el contrario de lo que registra la realidad mexicana, el legado democrático de la generación correspondería a Zedillo, (también a Fox, un colado generacional), Calderón y Peña, guiados por su padre político: Salinas de Gortari (el “gran reformador de la economía”, según el historiador) y el mal, la parte negativa, provendría de López Obrador, sus seguidores, simpatizantes y votantes. El legado se encuentra en vilo  porque el político de izquierda (“radical”, según Krauze; muchos niegan tal interpretación o dicen: radical contra la corrupción, que ya es bastante), en tercera ocasión, se ubica de nuevo como líder de las encuestas y los “buenos” de la generación no han podido dar al clavo de cómo bajarlo de allí a causa de lo mal que se conducen y gobiernan y del mal consecuente que han causado a la sociedad mexicana. Pero no cejan en su propósito y fraguan posibilidades para despeñarlo.

La idea del ser discorde, disonante, negativo para la sociedad dentro de un lapso temporal que impide la paz pública, podría ser una buena tesis complementaria del “peligro para México”.

Es evidente que el voto de Krauze ha sido por esa vertiente “democrática” de la generación 1950-1965: la encarnada por los gobiernos del PRI y el PAN, y otra vez el PRI. Incluso, es de dudarse que en 1988, de acuerdo a su perfil, haya votado por alguien de quien se expresa bien, Cuauhtémoc Cárdenas, pues representaría la supuesta vuelta a ese cardenismo nacionalista que con tanto ahínco deplora y combate. Por el contrario, pese al rotundo fracaso, el programa económico de Salinas y sus sucesores ha merecido los mejores aplausos alados de su pluma.

Produce asombro que un historiador y ensayista sensato haga semejante propuesta: que el sistema, los gobiernos y los políticos que han fallado estrepitosamente por 35 años y que tanto daño han hecho a México, valgan la pena para su defensa tenaz y sostenida por años y que valgan el ataque y la defenestración del adversario. López Obrador es un político que el propio historiador ha reconocido como honesto. Y si se considera que lo que arruina a la sociedad mexicana es la tríada indisoluble: corrupción, violencia e impunidad y que los que han gobernado fallan y continúan fallando, ¿acaso lo primero que se necesitaría no es de un político honrado, honesto que, más allá de ideologías, encabece el cambio que el país necesita? Con base al análisis de su labor como jefe de gobierno de la ciudad –donde no fue mesiánico ni dictatorial- al menos merecería el beneficio de la duda. O acaso valga la pena cotejar lo que han hecho unos y otro, los buenos y el malo.

Podría producir, sí, desaliento que un intelectual visible como Enrique Krauze estimule la prevalencia de un sistema fracasado, que siendo la tarea de una inteligencia la ejemplar de guiar a la sociedad o la de iluminar con el conocimiento y la crítica, prefiera tomar partido; y hacerlo por el peor. Este es el planteamiento del historiador: el gobierno y sus gobernantes son corruptos y autoritarios, pero los prefiero por tener una ideología política y económica afín a mí (de cuyos beneficios, en todo caso, sólo gozan ellos y sus amigos), a un hombre que considero honesto y cuyo programa plantea el socavamiento radical de la corrupción pero del cual tengo la sospecha, el instinto, la interpretación psíquica-freudiana de que, de gobernar, sería un mesías autoritario, y de la peor especie: tropical.

Opuesto a Krauze, alguien como el Premio Cervantes 2016, Fernando del Paso, ha dado su paso en favor del partido de la sociedad victimada por el sistema; en su caso, con su actitud, el aliento se estimula y anima.

                                  Publicado en SDPnoticias.com; 11 de mayo de 2016.

martes, 26 de marzo de 2013

#RebeliónDeLaCloaca (vs Enrique Krauze)




#Rebeliondelacloaca (vs Enrique Krauze)

                                                    Por Héctor Palacio @NietzscheAristo

Una rebelión de la cloaca, eso es el twitter.  Al menos para algunos fundamentalistas. La rebelión y quizá la revolución que ha significado el nacimiento y la expansión del twitter es para ellos una cloaca. Porque a los exquisitos, a quienes se han creído hasta ahora propietarios de la razón y los únicos con derecho a ella –Sócrates de Polanco-, les ha irritado la crudeza del lenguaje, la irreverencia y la manera directa como se expresan los tuiteros. Y más que ello, pareciera molestarles el sentido democrático del internet en general.

Anteriormente a la era del blog, sólo un grupo de privilegiados tenía acceso a la palabra impresa, a la publicación. Internet abrió el mundo, lo interconectó y lo volvió más democrático. Y no me refiero al papel de twitter en momentos cruciales como las protestas públicas y la caída de tiranos árabes, simplemente al hecho de ser una posibilidad abierta a todos. Si internet se ha mostrado como un ámbito esencialmente democrático, twitter ha sido una revelación, una rebelión, una explosión, una revolución incontenible. Otras expresiones del internet fueron efímeras o demasiado “fresas”. For instance, facebook is not only too limited but too nice as well, and too often sooo fucking boring. Nothing happens with it. Facebook es más bien utilizado como aparador de vanidades, su participante prototipo tiene cierto anquilosamiento en el pensamiento político y social, está menos informado, tiende mayormente al conservadurismo; se trata de un medio más familiar y de supuestos amigos que de verdadera interacción social (¿se confirmará la sospecha de que pudiera tratarse de un centro virtual de espionaje a cuya información tiene acceso el gobierno de los Estados Unidos?).

El potencial de twitter, en cambio, pareciera ilimitado. Cantidad de seguidores y seguidos es libre. Velocidad vertiginosa. Interacción entre desconocidos es de ida y vuelta. Información vertida va desde lo más frívolo y estúpido a lo más trascendente en todos los ámbitos del saber humano. Puede darse la interlocución entre cualquier ciudadano y una figura pública o “estrella” también de cualquier terreno imaginable. 140 caracteres no son un corsé sino inclusive un bello reto; en ocasiones son demasiados. Y no hay vuelta. Afortunadamente, esta herramienta social, esta variante de comunicación –pese a las frecuentes amenazas de censura-, llegó con el nuevo siglo y no sólo permanecerá sino que ofrece horizontes insospechados.

Una de las peculiaridades más atractivas del espacio es la posibilidad de interactuar con el mundo y la persona. El todo y el individuo. Lógicamente, hablamos de espíritus si no cabalmente democráticos, cuando menos recíprocos o interesados en el devenir de los eventos y el pensamiento que corre como la luz por los meandros invisibles. Naturalmente, difícilmente encontraremos o podríamos establecer diálogo con aquellos que consideran al internet y al twitter, como una cloaca.

Y si hay que citar nombres, nos referiremos en específico a un señor calificado como pilar de la intelligentsia mexicana actual. A Enrique Krauze Kleinbort, quien en entrevista con el periódico Milenio en julio de 2010, calificó y acusó de cloaca, es decir, de canal de desperdicios, de caño de aguas negras, de cagalar, a la refrescante atmósfera virtual: “…en internet… se dicen cosas increíbles. No hay ya respeto a las obras, a las formas, a las trayectorias, a las ideas. Es una cloaca.”. He aquí cómo se nos muestra un aliento tolerante y democrático, con adjetivos asaz burdos. Y como él, otros periodistas o “estrellas” que sólo se dignan a dialogar con quienes le son favorables. Y es que twitter también ha sido un medio para desenmascarar farsantes. Cuando se establecen debates, inmediatamente se sabe quién es el embaucador, el engañabobos o el mentiroso, y quién asume con responsabilidad y entereza ética su posición, cualquiera que ésta sea.

Naturalmente, no nos hacemos la ilusión de un debate entre Krauze y tuitero alguno, pero ni falta que hace. Ya sabemos que no anida allí un ánimo abierto, honesto, sino uno tartufo que no correría riegos. No estamos ante ese polemista espíritu inglés mostrado tan magníficamente por Ved Mehta en La mosca y el frasco (espíritu al cual según Krauze debe mucho, pero del cual poco asimiló; hablamos de Bertrand Russel, Arnold Toynbee, Gilbert Ryle, A. J. Ayer, Iris Murdoch, E. H. Carr, entre otros, incorporados por Mehta en su apasionante libro). No cabe esperar “peras del olmo”, de alguien acostumbrado a debatir con el espejo o, mejor, con la cámara de televisión. Y quizá alguien como Krauze tenga razón en su temor. Pues durante lustros y como privilegiado disfrutó del acceso a los medios impresos, a los medios masivos. La opinión del público no importaba y se expresaba cuando mucho en alguna carta al editor, en panfletos o periódicos lumpen o casi clandestinos. Hoy, los silentes por fuerza, no lo están más. Internet y twitter abrieron y cambiaron su mundo para siempre. Y asimismo el humor de individuos como el del ex tenedor de libros de Octavio Paz.

 El fenómeno sociológico, el rasgo psicológico, el perfil ideológico, el planteamiento teórico, la manifestación cultural ante la cual estamos es nada menos que equivalente al concepto ortegaygassetiano de la rebelión de las masas, un siglo más tarde: la rebelión frente a la élite de privilegiados del mundo impreso previo al internet. Estamos ante una explosiva era revolucionaria semejante a la de Gutenberg. Y ese es el embarazo de clase que no acepta Krauze, que le revuelve el estómago, y por ello apunta con el dedo y de la ira muta a la agresión.

Mas se equivoca Krauze al acusar a la cloaca de izquierdosa. En realidad, en las redes sociales circulan profusamente todas las posturas ideológicas y políticas imaginables. Habría que decir inclusive que dentro de la izquierda existe mayor responsabilidad que entre ciertos individuos provenientes del pensamiento reaccionario y ultraconservador. El historiador ha dicho que le molesta la crudeza con que se describe y expresa una realidad que imaginamos él desearía ver y transcribir con sedas. Bueno, ese es otro problema que podemos atribuir a diferente educación, perspectiva vital o simplemente al encabronamiento de quienes durante esos lustros no tuvieron voz. Ahora bien, ¿de cuándo acá quiere Enrique erigirse en censor del lenguaje?

La censura del idioma no funciona ni a los ortodoxos miembros de la real academia de la lengua. Lo sugirió así Antonio Alatorre en su extraordinaria obra Los 1001 años de la lengua española: El lenguaje vive y se construye en la calle, no en la academia (ahora también en el universo virtual). Mas si Krauze -y otros de su tipo- decidiera participar de twitter (su revista lo hace, su hijo también) y acaso molestara a su espíritu de aparente Burro Benjamín orwelliano (otra rebelión, la de la granja), cierta expresión altisonante de la cloaca, le bastaría con no seguir a sus seguidores, bloquearlos, reportarlos o simplemente ignorarlos. Así de libre es twitter. Tal vez una libertad y un espíritu democrático incomprensible e inaceptable para el cagalar exquisito y fundamentalista de un elitismo temeroso.

Bienvenidos los nuevos tiempos. Entonemos ahora a Schiller en versión de Ludwig. Afortunados aquellos a quienes la corriente de la historia –agradable y sólido concepto de Alfred Weber en Historia de la cultura- les coloca ante la posibilidad de la comunicación libre y democrática (a falta de democracia social, económica y política), ante el inimaginable advenimiento del internet y, muy particularmente, del twitter y su revolucionario porvenir.

P.D Texto publicado originalmente el 16 de mayo de 2011. Se vuelve a publicar debido a su vigencia, tal como lo muestra la reciente entrada de Enrique Krauze a twitter, sus expresiones en el mismo, y sus radicales desencuentros con Alfredo Jalife-Rahme.