viernes, 8 de julio de 2011

Enrique Krauze Kleinbort, el mesías de sí mismo, y la ruptura de la “familia cultural” mexicana

Por Héctor Palacio @NietzscheAristo

I. Nada sería más extraordinario que presenciar al fin el fraternal abrazo de las letras mexicanas. Aunque no crea yo en una familia cultural o en la amistad incondicional entre literatos. Me parece absurdo buscar lazos de camaradería entre gente que usualmente se da de puñaladas y susurra a espaldas de quien acaba de dar la vuelta y que de frente se le ha saludado con una falsa sonrisa y un sudado o acicalado apretón de manos. Es lo que creo yo. Pero no Enrique Krauze Kleinbort, quien hoy desea y procura, con fervor casi religioso, como si se tratase ya, como si dijéramos, de su apostolado, la reconciliación de lo que él llama “familia cultural” mexicana. Se le escucha tan convincente que, ciertamente, conmueve su cuasi romántico propósito. Y nada deleitaría ver más, pues, que ese abrazo de oso tronador de costillas, ese sincero apretón de manos de la literatura mexicana actual, el estrujón, finalmente, entre Charles Fuentes y Kike Krauze Kleinbort. Admitiendo que éste, en sus escritos, ha hecho más literatura –buena o mala, el tiempo lo dirá- que historia, su profesión oficial, alcanzando con ello el ideal que Carlos Fuentes, pese a todo, no ha logrado más que acariciar con la pluma: El ideal de que la novela latinoamericana construye la verdadera historia de sus respectivos países, no la historia oficial ni sus historiadores. Vaya contradicción. Fuentes siempre ha deseado edificar la historia (y también la Historia) a través de sus novelas; y ha defendido constante y férreamente, en cuanta conferencia y simposio se presenta, dicha tesis (léase Geografía de la novela si se quiere). Krauze ha adornado la pluma con artilugios contiguos al barroco, ha hecho uso profuso del adjetivo, ha igualmente en cada frase aspirado al aforismo con el fin de crear no sólo historia objetiva, su trabajo, también buena prosa; con tal ambición, ha dado ya al público sendas novelas con la engañosa carátula de libros de historia o ensayo histórico.

Si la contradicción los desune y los une. Si sus anhelos discordantes convergen en un redondo trabajo de equipo. Si juntas sus obras nos proporcionan el conocimiento y el placer de la literatura y la historia mexicana a un tiempo, con el goce asombroso, además, de no saber, cuando leemos sus textos, si de historia o novela se trata. ¡Ante qué soberbia combinación y condición de estética felicidad estamos! ¿Cuántos países pueden vanagloriarse de ello, de tener a la vez a un novelista historiador y a un historiador novelista? ¿Y se dice que no hay patriarcas de la literatura en México? Aquí estamos ante dos en uno, o el uno que se vuelve dos: El insondable suspiro del filósofo: Volver al Uno original. Las humanidades mexicanas, en circunstancias de cristalina geográfica libertad, lo han concebido: el patriarca, el numen, el tótem, el tipo, el paradigma: el Novelista-Historiador, el Historiador-Novelista que ha creado y desarrollado a la perfección un nuevo género literario: La Novehistoria o la Historianove o la historia de novela, que es lo mismo; la mejor ficción posible. Y para mayor disfrute por los todos tiempos, no sabemos, de esa imbricación, quién es quién -¿quién el historiador, quién el novelista?, se preguntan los extraños-, aunque lo sospechemos. Esta peculiaridad hace sin duda que la imaginación vuele y nuestras letras gocen de la dichosa cabal salud de que siempre hablan los literatos y literatas y literas.

Es por ello que la vanguardia hoy yace en ese deseo contenido y que ahora mismo ahoga un grito de religioso y místico fervor: Abrácense hermanados Fuentes y Krauze, hermanos Krauze y Fuentes, abrácense (que no haya celos por el orden). Y todos aplaudimos entusiasmados por la posibilidad de ver semejante espectáculo digno de una portentosa escena euripidea y acaso mejor de una hilarante acción aristofánica; quizá una versión innovadora de Las ranas. Mas para llegar a tan dichoso clímax, asoman hoy amenazadores y anti climáticos obstáculos que salvar.

II. En junio de 1988, K.K.K. publicó en la revista Vuelta de Octavio Paz un furibundo, iracundo, rabioso, frenético, fiero ataque contra Ch. F.: “La comedia mexicana de Carlos Fuentes”. No vamos a extendernos aquí sobre un asunto conocido por todos. El texto puede ser encontrado por el interesado en los archivos de Vuelta, en línea o en cualquier hemeroteca estimable. Sólo diremos que lo más suave que en aquella ocasión escribió Krauze fue que Fuentes era “un gringo niño de origen mexicano”. Lo acusa de desarraigo, de falta de identidad, de exiliado, cuando en México, de los Estados Unidos, y cuando allá, de México. Su vacío de historia personal e identidad lo compensa con la avidez por la literatura y el cine. Etcétera. De allí que su obra esté construida, bordada, sobre una imagen, sobre una elucubración mental, no una experiencia de vida, no una identidad. Una máscara, pues. Esta característica se hace evidente ya desde temprano en La región más transparente. Acusa Fuentes de lo que le sobra a Krauze: Sentido de pertenencia. Cuando salió el golpe sin aviso, Fuentes quedó paralizado por un tiempo, breve. No esperaba la traición, que la revista de su amigo de muchos años publicara con la autorización del mismo Paz el artero embate. Dijo, preciando la amistad, que en alguna ocasión y en calidad de editor tuvo él en sus manos un escrito en contra de Paz y había decidido no darlo a conocer, lo censuró. Paz, como siempre, sonrió e invocó la libertad bajo palabra. Amigos y adversarios de Fuentes no lo podían creer. Lenguas viperinas, incluyendo la de algunos amigos, dijeron que ese texto había sido ordenado, dictado, alimentado en los detalles, sobre todo los íntimos, por el propio Octavio, quien lentamente habría madurado con los años el ataque a su adulador y sonriente amigo, un tanto celoso, pero sobre todo, fatigado ya de la desmesurada ambición de Fuentes. Y utilizó para ello a uno de sus asistentes. A un ingeniero en labores de crítico literario.

Krauze dice que su desencuentro con el novelista le vino en 1971. Para entonces Fuentes y Paz eran aún amigos. ¿Tuvo Krauze que esperar 17 largos años para satisfacer su deseo crítico que quizá no habría cristalizado sin la “autorización” de Paz como director de la revista? Como quiera que sea, el daño estaba hecho. Y hasta ahora no se ha sabido de algún encuentro amigable entre las entidades en cuestión. Aunque hubiese sido ordenado, el escrito de Krauze dividió, significó la ruptura, el fin de una época: los encuentros entre el novelista y el poeta y ensayista, los máximos exponentes de la literatura mexicana de la segunda mitad del siglo XX. Ya desde entonces quedó fragmentada la intelligentsia mexicana en dos grupos principales: Los que apoyaron a uno o a otro. Y así se vivió en 1990, cuando por un lado, cobijado por Televisa, Paz, sin Fuentes y con Vuelta por delante, llevó a cabo el Encuentro Vuelta: El siglo XX: La experiencia de la libertad. Y Fuentes en 1992, sin Paz y arropado por la UNAM y la revista Nexos, celebró El Coloquio de Invierno. Ambos, por supuesto, abrigados por el sensible gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien, siempre atento a la cultura, lejos estaba de ambicionar una ruptura de semejante naturaleza.

III. Así las cosas, no deja de llamar la atención el nuevo acto de cinismo de Krauze al haber señalado que existe una ruptura presente entre la intelectualidad y la “familia cultural” mexicana originada a raíz del proceso electoral de 2006 y sus resultados, para él legítimos, para millones de mexicanos fraudulentos (si tan sólo se hubiesen contado todos los votos y registrado todas las irregularidades, no estaríamos hablando hoy del asunto, ni nosotros ni Fidel Castro, ni muchos otros por todas partes), ruptura de la cual acusa directamente a Andrés Manuel López Obrador. Al citado cinismo, añadamos uno anterior, otro artero ataque de Krauze (no sabemos ordenado por quien en este caso, aunque lo sospechemos). El de 2006 en contra del candidato presidencial que no era de su preferencia. Un candidato al cual vio, al mejor estilo estalinista o macartista, y al igual que el Consejo Coordinador Empresarial, como amenaza, como un peligro para México. ¿Cómo es posible que alguien, si se precia de demócrata, de historiador objetivo, descalifique a una persona únicamente por la sospecha, por la mera subjetiva interpretación de los signos de que podría tratarse de un tirano? ¿Debe entonces la postura de Krauze ser interpretada no como la de un intelectual, la de un historiador, sino como la de un político? Siendo así, su Partido ha resultado claro.

En diciembre de 2005 asistí con boleto pagado a una conferencia de Krauze para un auditorio de gente adinerada. Ya desde entonces advertía a sus oyentes contra su obsesión personal en que al parecer se había convertido AMLO (con anterioridad y durante una reunión entre ambos, ya que el político lo había procurado, al historiador le había incomodado, incluso molestado, que aquél se mostrara interesado en la historia y que tuviera su propia interpretación de la misma, distinta a la suya, claro). La única pregunta del público que no respondió en aquella ocasión fue la mía: ¿De acuerdo a lo expuesto por usted y de acuerdo a las necesidades urgentes de México, quién es su candidato entonces?: “Me reservo esa respuesta”, dijo. Podemos sospechar que ya preparaba su texto, “El mesías tropical”, publicado en junio de 2006. En perfecta coordinación con la campaña del “Peligro para México” de sus amigos, aliados y patrocinadores (ya por entonces publiqué en diversos blogs una réplica a Krauze). De esa ofensiva se derivaron varias más por distintos colaboradores de Letras Libres. Trabajaron en equipo, en acción concertada: Roger Bartra, Guillermo Sheridan, Luis González de Alba, entre otros. ¿Y nos viene Krauze con el cuento de la objetividad y la democracia? ¿Se siente engañabobos? Sólo así puede concebirse su afirmación en el sentido de considerar al hecho de que en 2006 gran parte de la intelectualidad y la “familia cultural” mexicana apoyara y se “enamorara” de AMLO y él, un “liberal”, por el contrario, fuera acusado de traidor por su desenamoramiento y critica al candidato, como el momento propiciatorio de la ruptura en cuestión. ¿No es demasiado aventurado atribuirlo al poder de una sola persona? ¿No se trató acaso del encuentro de varios elementos a la vez? ¿No se trata acaso del hombre y su circunstancia? ¿Y por qué no se ha preguntado Krauze en sesudo ensayo porqué los aludidos se enamoraron de AMLO, o si acaso fue del proyecto?

En 2010, la campaña de descalificación de Krauze contra López Obrador ha tomado nuevo impulso, coincidiendo con la reciente convocatoria a Zócalo lleno (y aunque haya querido, no pudo detenerla del todo porque el personaje se siguió moviendo a pesar de todo, porque el proyecto del personaje encaja con la circunstancia del país). Recién fue publicada una entrevista donde los Periodistas del Milenio y fue allí cuando arrojó que López Obrador es el responsable de la mencionada ruptura. Que no se “hubiera tomado el trabajo de escribir ese texto (“El mesías tropical”), de no pensar que López Obrador iba a dañar el país como en efecto lo dañó”. ¡Asumiera o no el poder, sólo por la sospecha, López Obrador debía ser agredido porque de todas maneras iba a dividir a la “familia cultural” mexicana y al país! ¿Está Krauze en sus cabales al hacer semejante afirmación? Tal vez sea la cabalidad de su condición de clase, no de intelectual. Dice que actúa como escritor liberal, pero se comporta más bien como rancio empresario ultraconservador al que aparentemente le asustan las posibilidades, no espera a las pruebas ni las evidencias. Embiste la posibilidad, arremete contra el futuro con o sin razón, sólo por el anunciamiento que le da su instinto, su corazonada, su condición e identidad de clase pudiente mexicana (acusó a Fuentes de no tener identidad, misma que a él le sobra, sobre todo identidad de clase).

IV. En la misma entrevista comete otros desbarres: 1) Divide en tres a la familia cultural mexicana: los endogámicos, los dogmáticos y los liberales. Los primeros son los académicos a quienes acusa de estar encerrados en su fortaleza, como ostras. Quizá no le ha ido bien a Krauze en su confrontación con ellos. Recuerdo un encuentro en la UNAM sobre el liberalismo mexicano. Krauze, acostumbrado a la televisión, a la imagen, a las frases bien construidas pero frecuentemente huecas, no pudo contravenir las evidencias que le presentaron los endogámicos. Calló diciendo, “no tengo esos datos a la mano, no he profundizado en ello y no puedo dar una opinión”. Verídico. Los dogmáticos son los de izquierda o supuesta izquierda. Los que según él descalifican y son intolerantes. En un escape, acusa al internet de “cloaca”, porque allí se exhibe con crudeza de lenguaje la realidad del país que él quiere cubrir con sedas. El tercer grupo lo representa él mismo, solito, y sus seguidores. Se unge como una entidad objetiva que observa a la distancia y que, por supuesto, califica. ¿No es este acaso también un dogma? ¿El de la parcialidad, la arrogancia, la fatuidad, el tomar partido por la sospecha, por los intereses personales en vez de los del país queriendo hacer creer que los suyos son los de la nación? ¿No es acaso Krauze un primer dogmático, el dogmático de su propia causa, no acaso el mesías de sí mismo en quien ha puesto demasiada credibilidad? ¿Cómo interpretar que acuse a la mayoría de los intelectuales y artistas de equivocarse al apoyar a López Obrador, que los insulte y los descalifique, que él solo, Krauze, es propietario de la razón? 2) Señala que el petróleo y la soberanía son mitos. Este punto está más que debatido y por mucho que aspire Krauze, no podrá convencer a un país como México que prescinda de ambos “mitos”. 3) Dice que la celebración del bicentenario ha sido deslucida y superficial. Que se ha desaprovechado una gran oportunidad de revisión y reflexión. Radicalmente de acuerdo en ello. 4) Afirma que el PAN nunca ha entendido la cultura. ¡Por fin! ¿Entonces, porqué se queja de lo deslucido y lo superficial del bicentenario en manos del PAN? ¿Por qué si la mayor parte de esa familia rota no estaba con dicho Partido, sino con el proyecto que ha dado muestras de un mayor interés por la historia y la herencia cultural del país, él sí lo estuvo? ¿Admite que se equivocó, ha sido errático Enrique o en realidad le importa muy poco la cultura mexicana a la cual antepone sus intereses personales y sólo critica ahora por mera demagogia? ¿Estamos acaso ante un ingenuo?

V. ¿Quién ha divido entonces a la familia cultural mexicana, si es que hay tal: Enrique Krauze Kleinbort o Andrés Manuel López Obrador?

A. En 1988, Enrique Krauze Kleinbort materializó el artero ataque contra Carlos Fuentes dividiendo irremediablemente con ello y desde entonces a la intelectualidad mexicana entre los seguidores del novelista y los de Paz.

B. En 2006, Enrique Krauze Kleinbort dirigió y difundió el artero ataque contra López Obrador aliándose de facto a los impulsores de la guerra del lodo y el estiércol, la guerra sucia: el Partido Acción Nacional, Vicente Fox, FHC, Antonio Solá y el Consejo Coordinador Empresarial.

C. En 2006 y a través de un personero –González de Alba- dirigió otro ataque artero que pretendía ridiculizar a la “familia cultural” mexicana. La ofendió e insultó su inteligencia al acusarla de haberse “enamorado” de AMLO, no de su proyecto.

Con la acción B se convirtió en corresponsable de la guerra sucia –y quizá en delincuente electoral-, contribuyó a la consumación del fraude y a la división del país que hoy se hace pedazos y muere asesinado en las manos del PAN y de un gobierno sin legitimidad.

Con las acciones A y C, al insultarla, Krauze dividió definitivamente a la “familia cultural” mexicana, misma a la que ahora solicita estrechar sus manos.

¿Quién a la sazón ha contribuido a la división del país sino Krauze? ¿Quién ha hecho lo mejor de sí para alcanzar al fin la disgregación de la intelligentsia y la cultura en México sino Krauze? Abonando a su favor, hay que reconocer un antecedente de abrazo simbólico, a la distancia, entre Fuentes y Krauze al legitimar ambos, aun con el elogio, la asunción del poder de FHC. Convergieron en no darle importancia a las minucias de los votos y las tantas irregularidades en 2006 y contribuir con ello a la ilegitimidad, a la ruina del país con sus 40 mil muertos en la conflagración civil que ya se libra, a sus millones de desempleados e inmigrantes en peligro, a los frívolos festejos de nuestra historia y cultura.

Krauze propone tender la mano, dialogar, polemizar con respeto –que él mismo no ha observado. De acuerdo. Ya que tanto cree en esa familia desunida y deshecha y es su deseo verla en armonía, ¿por qué no da un primer paso y organiza, más allá de sus colaboradores cercanos, una serie de debates, de diálogos, entre él y esa “familia cultural” mexicana que ahora extraña? Aquí algunos posibles participantes: Lorenzo Meyer, Paco Ignacio Taibo II, Enrique González Pedrero, Pablo González Casanova, Octavio Rodríguez Araujo, Alfredo Jalife-Rahme, John Saxe-Fernández, Fernando del Paso, Sergio Pitol, Arnaldo Córdova...

Y ya en la cumbre, como clímax de dichos debates, ahora sí, su honesto anhelo: el abrazo y cálido estrujón con Carlos Fuentes.


P.D. Si en algo ha contribuido López Obrador y su Proyecto Alternativo de Nación, y en ello le va gran mérito, es justamente a desperezar a un amplio sector del país del letargo previo, a una revisión, a una revaloración de las riquezas materiales y culturales de la nación, todo lo contrario a lo que han hecho el PAN y el PRI durante los últimos decenios de indolencia y corrupción, y muy lejano del estigma amenazador con que Krauze le quiere incriminar.

30-08-2010

viernes, 24 de junio de 2011

Francis y su batalla contra el bravo macho mexicano


Por Héctor Palacio @NietzscheAristo

Nosotras hacemos a los hombres. Salen de nosotras, son de nosotras. Y los hacemos muy machos. ¿A poco no? Desde niñitos. A las mujercitas les pedimos que ayuden, que aprendan a barrer, cocinar, lavar; a ellos, les enseñamos a ser servidos. A mis hijas, mi marido les exigía el quehacer y al niño le decía que no hiciera ningún “trabajo de mujer”; ¡sácate, qué! Quería que mis hijas fueran criadas del niño como yo de él. No iba a permitir eso. Así que a sus espaldas le enseñé a lavar sus calzones y calcetines y a respetar a sus hermanas como iguales, aunque corriera yo el riesgo de algún trompazo. A mí me pegaban y no quería lo mismo para ellas. Más me regañaban, pellizcaban, jalaban de los pelos, más rebelde en la educación de mis hijas, aunque fuera a escondidas y aunque me aguantara mis buenos trancazos. Me dejaba de llamar Francisca si no estudiaban una carrera. Y como eran medio flojas, iban y le decían al papá que ya no querían hacer tarea. Yo les ponía una friega, ¿qué quieren, hacer la tarea o ser sirvientas?

Mi marido me maltrataba también porque según, forzaba yo al niño a ir a la escuela. Si no quiere estudiar, no lo obligues, decía. Yo llegué del cerro sin conocer ni coches, ni televisión, ni radio, ni nada, pero mis criaturas no iban a ser como yo, tenían que ir a la escuela. Le di una cueriza al niño, ¿cómo no va a estudiar? Hay que educarlos desde el vientre y ya que nacen no hay que ponerles mucha atención cuando lloran, porque se mal acostumbran. Otra cosa es que lloren cuando son ya hombres. ¿Por qué no van a llorar? Lo malo es que así los crían, reprimidos. Si lloran, se desahogan y nada de que pierden lo macho. Qué idea tan mala. ¡Si son humanos!

Yo digo, ¿para qué se viste uno? Debiéramos andar en cueros. Así no habría morbo y se haría menos gastos, menos trabajo. Yo me bañaba desnuda con mis pequeñitos, pa’ que no anduvieran de morbosos. Y así aprendieran a respetarse y a respetar. No que luego los papas llevan a los adolescentes con las prostitutas quesque pa’ hacerlos machitos. No les permiten vivir su inocencia. Ya luego no aman a las mujeres, sólo las usan. Ahí andan de conchudos, nada más de pisa y corre, chupando de una flor y otra. Y las niñas con eso de que se han relajado ya se portan como hombres. Andan diciendo, güey, verga, mamadas, y otras peladeces. Ni quien las aguante, pero bien que andan de loquitas. Ellos se las echan y por machismo no usan condón. Y ellas que son bien pendejas lo aceptan porque si se embarazan piensan que los van a amarrar. Nada, qué. Al principio ellos pagan, pa’ cogérselas nada más. Luego, ellas disparan todo, el cine, el restaurante, el hotel, si tienen carro, los andan paseando en todas partes. De plano, son muy cínicos, todo les sale gratis. Esos ya no son hombres, son padrotes. Y lo peor es que ellas ganan menos que ellos en los trabajos.

Y así le hice hasta que me fui. Eduqué a mis tres hijas y mi hijo y ya pasados los cincuenta me largué. Pero cómo le aguanté a ese hombre. Me junté con él porque me buscaba harto cuando yo trabajaba ya en un hospital. Pero no fue fácil. Antes me escapé de casa de la abuela que me crió porque me quedé huérfana de padre y madre. Ayudaba a la cosecha y ni crean que me pagaban. Pero iba juntando de a poquitos los granos de frijol y maíz tirados hasta que podía ir a vender un montoncito. Ahorré, y cuando tuve como quince años me escapé una madrugada. Corrí, caminé los cerros con el frío hasta los huesos, cuando vi venir el tren que en una curva se ponía lento. Y que me trepo con todo y mi hermanita. Y así llegamos al DF. Todo fue nuevo y a buscar trabajo y donde vivir.

El hombre me pegaba. Se emborrachaba y todo el día en la calle. Llegaba nada más a tener sexo como animal. Antes no salieron mal los chamacos, medios chuecos o turulatos. El alcohol los vuelve locos. Y era requeteceloso. Veía demonios con tranchetes por todos lados. Por nada me la armaba. Una vez le dije que un taxista se paraba enfrente de la casa y me veía y luego me seguía. Y en vez de ir a enfrentarlo, me empezaba a insinuar y a reclamar de mi amante el taxista. Una vez que llegué más tarde me dio de trompadas. Seguro te andas acostando con el puto ése. En una fiesta de su familia todos se dieron cuenta de que me maltrataba. En las pachangas ni siquiera me sacaba a bailar, me dejaba en un rincón y se iba a chupar con los amigotes o a ver a las chamaconas. Pero esa vez ya borracho me dijo, “¿qué le ves a ése?”, a un primo de él. Me agarró, me enterró las uñas en el brazo y me jaló hacia fuera de la casa y que me empieza a dar de moquetes. Escucharon los gritos y me fueron a rescatar del salvaje que ahí se le cayó el teatrito, porque su familia creía que era un angelito.

Una prima de Los Ángeles me escribió para que la alcanzara. La menor de mis hijas que veía las humillaciones diarias me dijo, “qué esperas mamá, saca las alas y vete, no seas cobarde”. Y me fui, pero iba tranquila de que todos mis hijos eran ya profesionistas. Me salí una madrugada y me fui a Mazatlán, La Paz, Tijuana, Los Ángeles. Y pa’ qué cuento lo difícil de la pasada y los polleros. Puro sufrimiento. Yo llegué hasta Hollywood, ahí vi las huellas de los pies de artistas mexicanos. El Indio Fernández, Katy Jurado, Pedro Armendáriz, Dolores del Río y otros. Y así me eché diez años. Me acordaba de vez en cuando de mi pueblo en Hidalgo, de donde había salido.

Me enfermé y me regresé. Ni modo. Anduve por la ciudad rentando cuartitos. Hasta que mi hijo me dice, mamá, regresa a casa. Es tuya, trabajaste mucho para que la tuviéramos. Y que me decido. Y el viejo me dice: Está bien, regresa, estoy dispuesto a perdonarte. ¿Perdonarme de qué o por qué?, dije. Si no sólo fui su criada y aguanté golpes e insultos. Eduqué a mis hijos. Vendía desayunos, garnachas, hacia negocitos de ventas, trabajé de cerillera y todo para hacer algo de dinero e ir construyendo. ¡Qué cínico de veras!

Una necesita un abrazo, un beso, cariño, no trancazos. Pero el hombre no se comide. Antes me aguantaba por los hijos. Ahora ni pelo al viejo. Vive ahí todo cochino en su cuarto, pero del resto de la casa me hago cargo. Se queja de que no lo tomo en cuenta. Pero para qué, si él no hace ni deja hacer. O le digo, ¿sí?, de a cuánto pa’ tomarte en cuenta. Pienso en lo que aguanté, le planchaba todo con almidón, hasta los pañuelos, el mantel del comedor, si no le gustaba cómo le quedaba el boleado de los zapatos me los tiraba encima, si le encontraba una arruga a la camisa o el pantalón los echaba al suelo. Cocinaba tres veces al día. Y ahora, cuando hago frijolitos o caldo de pata que sé cuánto le gustaba, quisiera convidarle un plato. Pero me digo, no seas pendeja, si lo haces, va a volver a montarse en ti. Y me aguanto y no le doy. Que se las arregle solo el canijo. No sé porqué son tan machos y bravos los hombres. Ya ni mi tocayito, Pancho Villa, ese lloraba también, no nada más era bravucón. Por eso creo que era el más valiente, porque era muy sentimental, yo digo, más que Zapata. Pero algo raro tienen los machos mexicanos.

P.D. Me había subido al metro azul y en Tasqueña cambié al tren ligero rumbo a Xochimilco. En la sala de espera de un hospital del sur de la ciudad, conocí a la señora Francis de 74 años. Fornida, saludable, nada tres veces por semana, camina, hace excursiones, frecuenta a sus amigas, se alimenta bien, se impone sus propias tareas y, sobre todo, después de una travesía nada fácil, ha conquistado su libertad.